publicado a la(s) 20/09/2010 14:02 por Nuria C. Botey
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actualizado el 20/09/2010 14:02
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Y lo hizo justo a tiempo, porque el líder de Solange regresaba ya de su
excursión a los aseos convertido en un hombre sonriente de ambiguo
atractivo, preparado para continuar su periplo musical durante de cinco o
seis horas más. − ¿Vas a incluir el asunto de la
raya en tu crónica? –preguntó con una mezcla de curiosidad e ironía en
la voz.
Mario Arribas meditó un instante antes de responder. −
En teoría no debería hacerlo, por el tema de tu imagen y eso, ya sabes. −
Ahá. − Pero... − ¿Pero? − Pero no creo que sea
ningún secreto para tus fans que te pones habitualmente. − No, yo
tampoco creo que lo sea. − Entonces haré una velada alusión. −
¿Sabes una cosa, Mario? Ésa era justo la respuesta que quería oír. De
hecho, de camino hacia aquí decidí que te despediría de inmediato si me
contestabas de cualquier otro modo. − Vaya, pues sí que he tenido
suerte. − No ha sido cuestión de suerte, mon cher: sabía que no
me ibas a defraudar. Verás, tengo la corazonada de que... nos vamos a
llevar bien, tú y yo –añadió mirándole a los ojos, mientras su mano
derecha ejercía una suave presión sobre el hombro del periodista antes
de sumergirse otra vez en la marea de música que inundaba cerebros y
sacudía cuerpos. Mario sintió que le costaba trabajo deshacer el
nuevo nudo que, sin venir a cuento, le volvía a atenazar la garganta. ¿A
qué ha venido eso?, se preguntó con inquietud. Porque a pesar de que el
gesto del cantante no albergaba nada realmente sospechoso en sí mismo
−una mano sobre el hombro, después de todo−, él había sentido un
escalofrío que le recorría la columna vertebral. Pero sus ojos,
encargados de vigilar los movimientos rítmicos, sincrónicos y
acompasados con los que Pierre Bouhren se mecía a medida que la música
oscilaba a su alrededor, traspasándole y sacudiéndole en el reducido
espacio de la pista, no supieron ofrecer una respuesta convincente para
su malestar. |
publicado a la(s) 20/09/2010 14:00 por Nuria C. Botey
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actualizado el 20/09/2010 14:02
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1. Esta mañana, mayo de 1963, el periódico ha hecho algo más que
confirmarme la muerte de Alexei: ha abierto bajo mis pies el camino que
me conducirá hasta el fin.A partir de ahora, ya no
será necesario que cada veintisiete del mes en curso llegue cargado con
las velas de una tarta -a cuenta de Joseph en esta ocasión- para
volverme un poco más consciente de que ese periodo llamado “juventud” ha
dejado de pertenecerme para siempre. De aquí en adelante, mi día a día
se convertirá en un continuo devenir de puertas que se cierran en las
narices; probablemente, las mismas que hace años, meses, o apenas unas
cuantas semanas la gente me abría de par en par con sólo acercar los
nudillos. Y entonces ya no habrá nada que hacer. Simplemente, se acabó
lo que se daba. Es imposible evitarlo. Nadie puede luchar contra ello.
Ni siquiera yo. Por eso, con un nudo en las tripas, la resaca del
champán embotándome la cabeza y el corazón hecho esquirlas de cristal
por primera vez en mi vida, recojo el periódico del suelo -sin poder
evitar que me tiemblen las manos al hacerlo-, y me dejo caer en uno de
los sillones de enea que decoran la terraza de este famoso hotel de la
Costa Azul donde ahora veraneo junto a Joseph, para devorar de nuevo con
ojos ansiosos la noticia de la muerte de Alexei. A la venta en Fnac
, Casa
del Libro , Crisol
y El
Corte Inglés
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publicado a la(s) 20/09/2010 13:59 por Nuria C. Botey
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actualizado el 20/09/2010 13:59
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Quíteselas... Vamos, hombre, quíteselas y déjelas de una vez en la
barra. Pero a mi alcance, por favor. Al alcance de mi mano... Una
gota de sudor brilla en la frente del Genaro, reflejo de la fiebre
ansiosa que arde en sus agostados ojos de viejo, moteados de cataratas
incipientes y cuyas pupilas ya sólo sirven para seguir con avaricia el
juego de manos del hombre que, acodado junto a él en la barra de un bar
cualquiera, pidió café con leche y croissant a la plancha antes de coger
la edición de El País de hoy.
Pero no es la edición matutina de El País, ni el café con leche, ni
el croissant a la plancha lo que hace que ese hombre, cuarenta y pico
largos, calva monástica en mitad de la coronilla, traje azul marino y
maletín de piel con cierres dorados, atraiga de semejante modo la
atención del Genaro.De hecho, si alguien le preguntase al Genaro por
cualquiera de esos detalles, el periódico, el maletín, el café, la
coronilla, el Genaro se encogería de hombros con gesto de suprema
indiferencia, pagaría los céntimos que costó su descafeinado y
emprendería el camino hacia la calle. Cachaba donde apoyar la mano
derecha y esos pasitos cortos, vacilantes y arrastrados suyos, siempre a
punto de darse de bruces con el suelo, pero siempre capaces de llevarle
al final hasta donde quiere llegar. Lentos pero seguros, como la
tortuga de la fábula, los pasitos del Genaro. ¿Te acuerdas tú de
Pepe Le Pew, aquella mofeta francesa de los dibujos de la Warner? Sí,
ésa que en todas las caricaturas se enamoraba de una pobre gata con una
mancha de pintura blanca en el lomo... Bueno, pues cuando yo veo caminar
al Genaro, se me viene de golpe a la cabeza el recuerdo de esos
dibujos, porque mientras la pobre gata negra (con la mancha de pintura
blanca surcándole el lomo) corría como alma que lleva el diablo para
despistar a su enamorado y pestilente galán, éste trotaba en pos de ella
con unos armoniosos y acompasados saltitos a las cuatro patas,
recitando versos de amor en francés y blandiendo un ramo de flores
marchitas. Y cuanto más corría, subía y bajaba, se escondía y volvía a
correr la gata, más pausado, armonioso, decimonónico y fuera de lugar
era el trotecillo de Pepe Le Pew. “¡A ese paso no la cogerá nunca!”,
pensábamos todos los chavales para nuestros adentros. Pero nos
equivocábamos. Porque tarde o temprano, la pobre gata sin
aliento no tenía más remedio que detenerse para recuperar el resuello y
meter dentro del pecho ese corazoncito de cartoon suyo que bombeaba
sangre a mil por hora, incapaz de seguir huyendo por más tiempo. Y justo
en ese momento de lengua afuera y felinos músculos derrengados...
aparecía el bueno de Pepe Le Pew con su bucólico trotecillo
incomprensible, su ramo ajado y su hedor enamorado, para cubrir a la
miserable gata de requiebros y carantoñas, sin despeinarse el tupé ni
perder la compostura. Igual que el Genaro. Nadie le presta
atención cuando camina tambaleándose, ni cuando habla para sí mismo en
voz alta, ni cuando sorbe su descafeinado por el hueco de los dientes
viudos que le cuelgan de las encías. Nadie se preocupa de lo que hace,
ni de lo que come, ni de dónde pasa sus mañanas, sus tardes o sus
noches. No le conocen en Servicios Sociales ni en el Hogar del Jubilado,
y jamás participa en las timbas de dominó que se organizan en el parque
durante las mañanas soleadas de domingo. Nadie le cuida, nadie se
preocupa de él. Aparentemente, está solo, desvalido, desamparado... Sin
embargo, sus pasitos vacilantes se olvidan de temblar cuando día a día
conducen al Genaro exactamente hasta donde quiere llegar. Sin levantar
sospechas. Sin llamar la atención. No hay más que mirar al hombre
de la coronilla refulgente, el traje azul marino y la edición de El
País para corroborar lo que digo: no se ha percatado ni por un momento
de la presencia del viejecillo obeso y desastrado que aún le contempla
con avidez. De pronto, como la pobre gata negra con la mancha de
pintura en el lomo, el caballero del maletín con cierres dorados
emprende rápidamente su rutina. Porque el camarero acaba de poner ante
él un café humeante y un croissant recién planchado, así que es hora de
aparcar el diario, de dejar sobre la barra las gafas de lejos con que su
mano diestra jugueteaba desde que desplegó el periódico ante los ojos
para amenizar la espera, y de concentrarse en extender la mantequilla y
la mermelada de albaricoque sobre la pancita abierta en canal del bollo,
francés como mi amigo Pepe Le Pew. Y todo ello, sin mirar una sola vez
hacia su derecha ni reparar por un segundo en el Genaro, mi amigo
Genaro, con su cachaba y sus furtivos pasitos de funámbulo en la cuerda
floja. Aquella gota de sudor que brillaba en la frente del viejo
comienza ya a resbalar por su rostro surcado de arrugas, a la par que
sus ojos cataratosos se despegan del gesto del hombre que embadurna de
confitura su desayuno para descender, en vuelo rasante de ave de rapiña,
sobre el inocente objeto que reposa encima del mostrador, a medio
camino entre el servilletero de Coca-Cola y el ejemplar de El País. Pero
mientras este inexplicable juego de miradas acontece sobre la barra,
bajo ella las cosas no están ni mucho menos tranquilas. Porque de pronto
la mano izquierda del Genaro, que esperaba agazapada en la loma de su
rodilla, comienza, obediente como la de un autómata del Tibidabo, a
encaramarse hasta la madera. ¡Es todo tan difícil! Con cuidado, que no
nos descubran... Sin delatarnos... Y la bocamanga derecha de la camisa
enjuga esa perversa gota de sudor frontal, repleta de adrenalina y seria
amenaza para el éxito de la misión que diariamente anima al Genaro a
levantarse de la cama. Pero no hay de qué preocuparse, porque hoy
la zurda mi amigo está imparable. ¡Fíjate, fíjate cómo reptan por la
repisa las cinco patas regordetas y artríticas de esa araña con manchas
de vejez en el dorso! Directas al hombre del croissant... Sutiles
como hilos de seda, las yemas de sus dedos se ciernen, imparables ya,
sobre el objeto de su acecho, sin que el legítimo propietario de éste se
aperciba de los susodichos movimientos gracias a la rapidez, cadencia y
precisión que sólo el deseo más profundo puede devolver a unas
extremidades carcomidas por los parásitos de la osteoporosis y el
abandono. Pinchar el croissant con el tenedor, cortar la esquina
crujiente donde se entremezclan la blancura amarillenta de la
mantequilla y el amarillo anaranjado de la mermelada. Llevarse el bocado
a los labios. Morder. La acidez dulce de la confitura se confunde con
la untuosidad de la manteca, para completar la textura esponjosa de la
masa tostada sobre la plancha al rojo vivo... Glándulas salivares al mil
por cien, y un pequeño rugido de placer a la altura del estómago. Es
el momento perfecto, y el Genaro lo sabe. El siguiente bocado ya no
tendrá los mismos efectos, así que hay que ser muy rápido.
Afortunadamente, él lo es. No siempre, no a todas horas, pero sí en el
instante preciso. Como éste. Cinco patas de artrítica araña
zurda cerrándose a velocidad luz sobre la montura metálica y los
cristales graduados, replegándose en un giro de vértigo hacia su
madriguera del bolsillo del pantalón... Y la mano derecha del Genaro que
hinca ya la cachaba en el suelo, para verter sobre ella el peso de su
cuerpo y levantarse así del taburete. Despacito, primero tanteamos el
suelo con dificultad, ahora un pie y luego el otro, para asegurarnos de
que las rodillas están por la labor de sostenernos una vez más. Muy
bien, eso es. Ahora, un pasito. Luego, otro pasito, y otro más
todavía...Como Pepe Le Pew, indiferente a lo que le rodea, atento sólo a
su propio ritmo. Lento pero seguro. − ¡Eh, abuelo! ¡Abuelo! Igual
que Bogart en sus mejores películas, el Genaro se detiene sin volver la
vista atrás. Un par de segundos después, su cuerpecillo obeso,
encorvado y vestido de lamparones, gira a cámara lenta sobre el eje de
simetría del bastón para encarar con gesto bobalicón al hombre que le
increpa. − ¡Que se va sin pagarme el descafeinao, abuelo! – se
explica el camarero con una sonrisa mitad paternal mitad sardónica,
porque en el fondo los viejos chochos le dan un poco de risa. −
Ay, usted perdone, joven – murmura el Genaro, mientras un hilillo de
baba se le escurre por la pechera de la camisa. Y todo el mundo
(el camarero, el hombre calvo, los dos parroquianos que chatean con
tinto peleón al fondo del bar) mira al viejo mientras saca los céntimos
roñosos del bolsillo derecho y vuelve lentamente hasta el mostrador,
para depositarlos en el platillo que el encargado ha colocado junto a la
taza vacía del descafeinado. − Usted perdone, ¿eh? – repite el
Genaro sin limpiarse la baba. − Na hombre, na. − Buenos
días tengan ustedes – se despide el vejete. Pero nadie atiende ya a sus
palabras, pues los parroquianos han vuelto a los vinos y el camarero al
trajín de la barra, mientras el hombre del traje azul y el croissant
ultiman su romance caníbal. Arrastrando los pies al ritmo
cataléptico que le dicta su cachaba, el Genaro abandona el bar y enfila
la cuesta arriba que le llevará hasta la parada del autobús. Si hay
sitio, se sentará bajo la marquesina a esperar, y lo mismo intentará
cuando logre subir al diez. Aunque es mucho más probable que al final le
toque ir de pie hasta el barrio, aferrado como un orangután a las
barras laterales para no caer en las curvas ni vencerse con los
frenazos. Pero el tesoro que ahora guardas en el bolsillo izquierdo del
pantalón hará que merezcan la pena todos esos sinsabores, ¿verdad,
Genaro? Porque cuando llegas a casa, helada como siempre, sin
calefacción ni estufas encendidas, no sientes el frío: hace años ya que
te arropan tus objetos. Diecisiete teléfonos móviles (nueve con
funda), doce paraguas (plegables cuatro de ellos), veintitrés monederos,
veinte gafas de sol, dos walkman (con sus respectivos pares de cascos),
tres gamucillas, dos pintalabios, siete guantes (cuatro pares de
señora, dos de caballero y una manopla viuda), ocho bufandas y tres
foulards, dos chupetes, dos sombreros de caballero y una gorra de Nike,
treinta y ocho mecheros (clipper sobre todo), seis juegos de llaves...
Y, ahora, unas gafas para ver de lejos, con montura metálica. Las
primeras. El Genaro sonríe con sus encías desdentadas, y la cara
se le puebla de orondas arrugas de satisfacción. − Vosotros...
Vosotros justificáis mi existencia – murmura bajito, acariciando con
mirada lánguida la última joya de su peculiar corona de cachivaches
sustraídos. Ajeno al placer acaparador de mi amigo Genaro, un
vecino irrespetuoso sube el volumen de la radio. It’s my life…
It’s now or never
I
ain’t gonna life for ever…
I just wanna live while I’m alive
It’s
my life
[Vosotros
justificáis mi existencia fue distinguido en 2004 con el XVII Premio
Clarín de la Asociación Española de Artistas y Escritores] Portada del nº 9
de la revista Mirador, donde fue publicado
EL ORIGEN DE
ESTE RELATO Como muchos otros, Vosotros justificáis mi
existencia debe su existencia a una noticia de ésas que apenas ocupan
media columna en el periódico, donde la descubrí: la detención de un
septuagenario, en cuya casa se encontró un arsenal de pequeños objetos
robados. Mecheros, bolígrafos, gafas de sol, teléfonos móviles... El
anciano no iría a prisión, por ser mayor de setenta años y carecer de
antecedentes, pero incluso la policía se había mostrado sorprendida de
la cantidad de cosas que almacenaba en su domicilio. Evidentemente,
aquella historía tenía "cuento encerrado". Como nota curiosa,
empecé a escribir el relato acodada en la barra de una cafetería Jamaica
de la C/Arenal de Madrid. En principio, este dato no tendría por qué
guardar la menor vinculacion con el argumento... Pero cuando el hilo
musical comenzó a emitir el It's my life de Bon Jovi, supe exactamente
cuál debía ser el final del relato. |
publicado a la(s) 20/09/2010 13:56 por Nuria C. Botey
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actualizado el 20/09/2010 13:58
]
La subida era escarpada, pero él no se arredró. A aquellas alturas,
tanto de la vida como del monte, ya no podía permitírselo. Respiró
con fuerza, casi con ganas de hacerse daño, y comenzó a trepar.
Enseguida se dio cuenta de que no resultaba tan difícil como le había
parecido en un principio. Las piedras eran grandes y firmes, y aunque
algunas aristas parecían realmente desgraciadas, bastaba con mirarles a
los ojos para captar de qué pie cojeaban. Luego, ya sólo era cuestión de
anclar las manos en el pico preciso, impulsarse un poco con las piernas
y, ¡hop!, ascender otro escalón más. Una técnica tan fea como eficaz. No
culminó la cima, pero tampoco se trataba de eso. En realidad, ni
siquiera se trataba de ascender. No, el ascenso nunca es importante, se
dijo. Ni siquiera el descenso lo es… Aunque Mr Douglas no llegue a
comprenderlo jamás. Y le costó quitarse de la boca la sonrisa alucinada
que le provocaba pensar en ello. Miró a su alrededor. Las
montañas del Ontañón le parecieron todas iguales, con sus crestas, sus
laderas y sus claros deforestados por los incendios del verano pasado.
¿Servirían? Sí. Rotundamente, sí. Afianzó los pies sobre el repecho de
rocas en que se había detenido y trató de mirar al sol, pero éste no se
dejó. Las cinco nunca ha sido buena hora para desafiar a las estrellas,
apuntó en su fuero interno, mientras se encharcaba de nuevo los pulmones
con el aire de la sierra. − Repítame – musitó de pronto, con las
pupilas llenas de chiribitas por el exceso de luz − ¡Repítame eso que
ha dicho, Mr Douglas! − y su voz golpeó el valle, las piedras y los
picos con la misma ira que los martillos neumáticos descargan a veces
sobre las aceras. Apenas un instante después, un eco dulzón con
acento de Florida se despeñaba ladera abajo. Está despedido, López. Despedido. López.
Despez. Pez. Pez.
Pesan las pestañas
Nubes de Papel
2006, Instituto para el Fomento de la Cultura Ex-Libris
EL
ORIGEN DE ESTE RELATO Lo sé: Excursión es un cuento raro... Pero
dado su origen, no podía ser de otro modo. En realidad, se
trata del resultado de un ejercicio propuesto por los escritores José
María Merino y Medardo Fraile, dentro del Taller de Cuento Literario que
se celebró en los Cursos de Verano de El Escorial (Madrid), allá por el
año 2004.Todas las tardes, durante una semana de agosto, ambos
profesores ponían "deberes" a los 12 alumnos que asistíamos al citado
taller, cuyos resultados se leían y comentaban públicamente dentro del
grupo. En esta ocasión, la consigna fue Escribid un relato que
contenga, de modo coherente, la frase "Repíteme eso que has dicho" (o su
respectiva conjugación verbal) ¿Cómo se me ocurrió la idea? No
lo sé. Simplemente, sentí que no podía limitarme a escribir un cuento
breve al uso, con introducción, nudo y desenlace razonables. Esa frase
debía pronunciarse dentro de un contexto especial, tal vez a caballo
entre el surrealismo y la vulgaridad... Y de pronto vi al pobre López,
-un oficinista con entradas y gafas con montura al aire, vestido quizá
con traje beige y zapatos de cordones- escalando como un pato mareado
por los peñascos, en una especie de metáfora moderna de Sísifo,
condenado a empujar la losa del trabajo durante toda la eternidad. Curiosamente,
es la primera vez que utilizo el mundo laboral como eje argumental en
una historias. Tal vez porque se trata de un entorno donde muchas veces
desearíamos increpar a un mindundi con la expresión "Repíteme eso que
has dicho"... y muy pocas lo hacemos. |
publicado a la(s) 20/09/2010 13:55 por Nuria C. Botey
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actualizado el 20/09/2010 13:56
]
Cuando salgas mañana de casa, nada presagiará lo que va a suceder. El
cielo no aparecerá teñido de rojo sobre tu cabeza, ni los pájaros
muertos asfaltarán las aceras; el aire contaminado de la ciudad seguirá
siendo tan escasamente respirable como hoy o ayer, y los cementerios
continuarán haciendo gala de su consabida paz. Porque la
trascendencia del día que se cierne inexorable sobre tu cabeza supera
cualquier dote de adivinación. Así que cuando salgas mañana de casa,
cuando cruces la calle, cuando te pares ante el coche, todo te parecerá
igual que hoy. Igual que el día anterior. Por eso abrirás el
bolso para buscar las llaves con la misma vehemencia de siempre, e igual
que hoy, igual que todos los días, no las encontrarás a la primera.
Molesta, sumergirás entonces los ojos en la amalgama de cachivaches
−pintalabios, monedero, kleenex, tampones, optalidón, bolígrafo− que se
aglutina en su interior... Y en ese preciso momento, el cielo se volverá
rojo. Los pájaros comenzarán a desplomarse a tu alrededor, tus pulmones
se anegarán de un vacío irrespirable, y el estruendo de mil muertos
agitando pancartas de bienvenida con tu nombre sacudirá los cementerios
cuando el filo de mi hacha se incruste en tu espalda, en tu cuello, en
tu cintura... Porque eres mía. Y porque esta es la única forma
de que lo sigas siendo siempre. Revista El Parnaso, volumen 2
EL
ORIGEN DE ESTE RELATO Otro que surge a partir de una noticia,
aunque macabra en esta ocasión: el asesinato de una mujer a manos de su
ex-marido, quien la esperó escondido tras una columna del parking donde
ella solía aparcar el coche, para acabar con su vida a golpes de hacha. Por
aquella época, año 2003, yo ya me había licenciado y asistía a la IV
edición del Programa de Formación en Gestión de la Ciencia y la
Tecnología, de modo que aproveché una conferencia especialmente aburrida
para escribir mi propia versión sobre lo sucedido, a modo de catarsis.
Por eso también está narrado en futuro simple y segunda persona: porque
quería conseguir un tono bíblico, una especie de admonición apocalíptica
imposible de eludir, que fue justo la sensación que a mí me transmitió
aquel suceso. |
publicado a la(s) 20/09/2010 13:51 por Nuria C. Botey
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actualizado el 20/09/2010 13:52
]
La cifra se expande y sube como globo de aire caliente hasta escapar de
la vista. Por encima de los Andes, ya no hay techo que la detenga. Dos
mil quinientos. Dos mil quinientos cincuenta. Dos mil seiscientos diez. Los
pies clavados en el suelo, entre un cogote moreno y chaparro que suda
tinta china, y el par de ojos castaños y desbordados (como los tuyos)
que guardan su turno tras de ti, grapados (como los tuyos) a ese horror
vacui de la cifra que se dispara.Dos mil seiscientos diez sucres
equivalen a un dólar. Tres pasos, respiración contenida, dígitos
rojos sobre fondo negro que giran como derviches y repican a difunto,
volando en círculos redondos igual que las águilas humanas del
Totonacapán. Tres pasos, dos mil seiscientos cuarenta y cinco sucres...
Un dólar. Inflación del 107%. Descenso del PIB en un 7’3%. Tres pasos,
dos mil seiscientos cincuenta y tres sucres... Y el mismo dólar. ¿Quién
pagó al signo igual por decir que un número vale lo mismo que cuatro?
Porque si fue el emblema del Tío Sam que ese uno lleva como escudero,
tras los dos mil seiscientos muchos miles en un momentito le puedo yo
poner las caras, las miserias y las hambres de todos los hijos de mi
ciudad. ¿Y cuál es la solución? La solución... Esperar amarrado a
la cola en la Oficina de Cambio. De cambio, de cambio, me cambio. Me
cambio de oficina, me cambio de barrio, me cambio de patria, me cambio
de vida. Me cambio de piel. Dispense, ¿me dice la cola para cambiarse de
mundo? No importa si se mueve más lento que ésta, o si no avanza ni
tantito. No importa, porque para morir de asco y tristeza, me sobra el
tiempo. Cortos, Cortos
2004, Art Nalón 2004
EL ORIGEN DE ESTE CUENTO En el
año 2003 hice muchos cursos profesionales. Uno de ellos fue el
seminario Hijos de inmigrantes: presente y futuro, organizado por el
Instituto de Migraciones de la Universidad Pontificia de Comillas
(Madrid). Una de la últimas sesiones estuvo a cargo de una
persona de la asociación ecuatoriana Rumiñahui, que nos puso al
corriente de la situación de su país cuando comenzó el éxodo de
ciudadanos que vinieron-y siguen viniendo- a España en busca de un
trabajo digno: inflacción del 107%, descenso del Producto Interior Bruto
en un 7'3%... Mientras le escuchaba, se me venía a la cabeza
un sinfín de imágenes superpuestas: gente haciendo cola ante las puertas
de los Bancos, con la esperaza puesta en meter sus ahorros debajo del
colchón antes de que no valiesen ni como papel higiénico, la célebre
figura del Tío Sam señalando al frente sobre el rótulo "I want you", o
la danza de los Voladores
de Papantla , en el Totonacapan. Y, por supuesto, todo eso es lo
que pretende reflejar este cuento. |
publicado a la(s) 20/09/2010 13:49 por Nuria C. Botey
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actualizado el 20/09/2010 13:53
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No es la primera vez que lo hago, ni tampoco será la última. Porque
desde el momento en que el coche apareció detrás del matorral de espino,
supe que era su turno. El mayor de los dos hombres abrió la
boca y se tapó los ojos con las manos cuando me planté ante ellos en la
curva del quitamiedos, pero eso sólo me infundió ánimo para mantenerme
firme mientras se acercaban. O tal vez fuera el apremio del deber por
cumplir. Después de todo, había llegado su turno. A mi derecha,
la sombra de la mediana separaba el barranco de la plácida seguridad de
la carretera. Los cuervos afirman que su filo corta como un cuchillo,
pero no creo que ellos tuvieran tiempo de sentirlo cuando su vehículo se
precipitó contra él, arrancándolo de cuajo con un estruendo de metal y
gritos. Una vuelta, dos, tres... Cuando cesaron los ruidos, me asomé al
borde del precipicio. El hombre mayor sólo era ya un cuerpo inerte, poco
menos que un cordero desollado, pero el muchachito del volante todavía
logró abrir la puerta y arrastrarse unos metros sobre las rocas. Estaba
herido de muerte, el olor de su sangre que subía con el viento me lo
dijo de inmediato; sin embargo, aún tuvo fuerzas para volver la cabeza
hacia las alturas. Y cuando sus ojos se encontraron con mis pupilas
doradas, un segundo antes de que los músculos de su cuello quedasen
rígidos para siempre, comprendí que sonreía. Lentamente, alcé
las mandíbulas al cielo y contemplé las estrellas, mientras mi aullido
hacía saber a la manada que pronto me reuniría con ellos. Cortos, Cortos
2005, Art Nalón 2005
EL ORIGEN DE ESTE CUENTO Encuentro
significó el primer resultado de los ejercicios propuestos por José
María Merino y Medardro Fraile a sus alumnos del Taller Literario (ver
Excursión). En este caso, el estímulo no sólo fue mucho más concreto,
sino también más extenso, y muy acorde con mis fuentes de inspiración
habituales: la reseña de un accidente de tráfico. O lo que es lo mismo,
estilo periodístico puro, duro, objetivo y escueto, para explicar la
caída de un turismo por un barranco después de llevarse por delante el
quitamiedos de una curva, que se saldó con el fallecimiento de sus dos
pasajeros. Ahora, imaginad la situación: el primer día de clase,
con dos maestros del relato como profesores, y ocho de los doce alumnos
procedentes del Taller Literario de Fuentetaja. ¿Qué demonios iba a
escribir yo, que no sonase manido? Y entonces se me ocurrió la
perspectiva del lobo. El cazador astuto, silvestre y desafiante, que se
atraviesa en mitad de la calzada y espera inmóvil hasta provocar el
volantazo del coche que se avecina. ¿Por qué? Quién sabe. Por vengarse
de la deforestación, por curiosidad hacia los humanos, por defender su
territorio... O simplemente, por el placer de ver morir a sus presas.
Pregúntaselo tú, si te atreves Un cotilleo: lo que más me gusta
de este cuento es lo que no se dice, y no me refiero sólo a las
intenciones de su protagonista. ¿Qué relación hay entre los dos
ocupantes del coche? ¿Qué hace sonreír al conductor, un instante antes
de morir? En la versión original del relato -que tuve que recortar para
presentarlo al certamen de Art Nalón-, los dos hombres sostenían una
acalorada discusión cuando se toparon con el lobo... pero ni siquiera yo
conozco su causa. Se admiten apuestas. |
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