Cuando salgas mañana de casa, nada presagiará lo que va a suceder. El
cielo no aparecerá teñido de rojo sobre tu cabeza, ni los pájaros
muertos asfaltarán las aceras; el aire contaminado de la ciudad seguirá
siendo tan escasamente respirable como hoy o ayer, y los cementerios
continuarán haciendo gala de su consabida paz. Porque la trascendencia del día que se cierne inexorable sobre tu cabeza supera cualquier dote de adivinación. Así que cuando salgas mañana de casa, cuando cruces la calle, cuando te pares ante el coche, todo te parecerá igual que hoy. Igual que el día anterior. Por eso abrirás el bolso para buscar las llaves con la misma vehemencia de siempre, e igual que hoy, igual que todos los días, no las encontrarás a la primera. Molesta, sumergirás entonces los ojos en la amalgama de cachivaches −pintalabios, monedero, kleenex, tampones, optalidón, bolígrafo− que se aglutina en su interior... Y en ese preciso momento, el cielo se volverá rojo. Los pájaros comenzarán a desplomarse a tu alrededor, tus pulmones se anegarán de un vacío irrespirable, y el estruendo de mil muertos agitando pancartas de bienvenida con tu nombre sacudirá los cementerios cuando el filo de mi hacha se incruste en tu espalda, en tu cuello, en tu cintura... Porque eres mía. Y porque esta es la única forma de que lo sigas siendo siempre. Revista El Parnaso, volumen 2 EL ORIGEN DE ESTE RELATO Otro que surge a partir de una noticia, aunque macabra en esta ocasión: el asesinato de una mujer a manos de su ex-marido, quien la esperó escondido tras una columna del parking donde ella solía aparcar el coche, para acabar con su vida a golpes de hacha. Por aquella época, año 2003, yo ya me había licenciado y asistía a la IV edición del Programa de Formación en Gestión de la Ciencia y la Tecnología, de modo que aproveché una conferencia especialmente aburrida para escribir mi propia versión sobre lo sucedido, a modo de catarsis. Por eso también está narrado en futuro simple y segunda persona: porque quería conseguir un tono bíblico, una especie de admonición apocalíptica imposible de eludir, que fue justo la sensación que a mí me transmitió aquel suceso. |
