Quíteselas... Vamos, hombre, quíteselas y déjelas de una vez en la
barra. Pero a mi alcance, por favor. Al alcance de mi mano... Una gota de sudor brilla en la frente del Genaro, reflejo de la fiebre ansiosa que arde en sus agostados ojos de viejo, moteados de cataratas incipientes y cuyas pupilas ya sólo sirven para seguir con avaricia el juego de manos del hombre que, acodado junto a él en la barra de un bar cualquiera, pidió café con leche y croissant a la plancha antes de coger la edición de El País de hoy. Pero no es la edición matutina de El País, ni el café con leche, ni el croissant a la plancha lo que hace que ese hombre, cuarenta y pico largos, calva monástica en mitad de la coronilla, traje azul marino y maletín de piel con cierres dorados, atraiga de semejante modo la atención del Genaro.De hecho, si alguien le preguntase al Genaro por cualquiera de esos detalles, el periódico, el maletín, el café, la coronilla, el Genaro se encogería de hombros con gesto de suprema indiferencia, pagaría los céntimos que costó su descafeinado y emprendería el camino hacia la calle. Cachaba donde apoyar la mano derecha y esos pasitos cortos, vacilantes y arrastrados suyos, siempre a punto de darse de bruces con el suelo, pero siempre capaces de llevarle al final hasta donde quiere llegar. Lentos pero seguros, como la tortuga de la fábula, los pasitos del Genaro. ¿Te acuerdas tú de Pepe Le Pew, aquella mofeta francesa de los dibujos de la Warner? Sí, ésa que en todas las caricaturas se enamoraba de una pobre gata con una mancha de pintura blanca en el lomo... Bueno, pues cuando yo veo caminar al Genaro, se me viene de golpe a la cabeza el recuerdo de esos dibujos, porque mientras la pobre gata negra (con la mancha de pintura blanca surcándole el lomo) corría como alma que lleva el diablo para despistar a su enamorado y pestilente galán, éste trotaba en pos de ella con unos armoniosos y acompasados saltitos a las cuatro patas, recitando versos de amor en francés y blandiendo un ramo de flores marchitas. Y cuanto más corría, subía y bajaba, se escondía y volvía a correr la gata, más pausado, armonioso, decimonónico y fuera de lugar era el trotecillo de Pepe Le Pew. “¡A ese paso no la cogerá nunca!”, pensábamos todos los chavales para nuestros adentros. Pero nos equivocábamos. Porque tarde o temprano, la pobre gata sin aliento no tenía más remedio que detenerse para recuperar el resuello y meter dentro del pecho ese corazoncito de cartoon suyo que bombeaba sangre a mil por hora, incapaz de seguir huyendo por más tiempo. Y justo en ese momento de lengua afuera y felinos músculos derrengados... aparecía el bueno de Pepe Le Pew con su bucólico trotecillo incomprensible, su ramo ajado y su hedor enamorado, para cubrir a la miserable gata de requiebros y carantoñas, sin despeinarse el tupé ni perder la compostura. Igual que el Genaro. Nadie le presta atención cuando camina tambaleándose, ni cuando habla para sí mismo en voz alta, ni cuando sorbe su descafeinado por el hueco de los dientes viudos que le cuelgan de las encías. Nadie se preocupa de lo que hace, ni de lo que come, ni de dónde pasa sus mañanas, sus tardes o sus noches. No le conocen en Servicios Sociales ni en el Hogar del Jubilado, y jamás participa en las timbas de dominó que se organizan en el parque durante las mañanas soleadas de domingo. Nadie le cuida, nadie se preocupa de él. Aparentemente, está solo, desvalido, desamparado... Sin embargo, sus pasitos vacilantes se olvidan de temblar cuando día a día conducen al Genaro exactamente hasta donde quiere llegar. Sin levantar sospechas. Sin llamar la atención. No hay más que mirar al hombre de la coronilla refulgente, el traje azul marino y la edición de El País para corroborar lo que digo: no se ha percatado ni por un momento de la presencia del viejecillo obeso y desastrado que aún le contempla con avidez. De pronto, como la pobre gata negra con la mancha de pintura en el lomo, el caballero del maletín con cierres dorados emprende rápidamente su rutina. Porque el camarero acaba de poner ante él un café humeante y un croissant recién planchado, así que es hora de aparcar el diario, de dejar sobre la barra las gafas de lejos con que su mano diestra jugueteaba desde que desplegó el periódico ante los ojos para amenizar la espera, y de concentrarse en extender la mantequilla y la mermelada de albaricoque sobre la pancita abierta en canal del bollo, francés como mi amigo Pepe Le Pew. Y todo ello, sin mirar una sola vez hacia su derecha ni reparar por un segundo en el Genaro, mi amigo Genaro, con su cachaba y sus furtivos pasitos de funámbulo en la cuerda floja. Aquella gota de sudor que brillaba en la frente del viejo comienza ya a resbalar por su rostro surcado de arrugas, a la par que sus ojos cataratosos se despegan del gesto del hombre que embadurna de confitura su desayuno para descender, en vuelo rasante de ave de rapiña, sobre el inocente objeto que reposa encima del mostrador, a medio camino entre el servilletero de Coca-Cola y el ejemplar de El País. Pero mientras este inexplicable juego de miradas acontece sobre la barra, bajo ella las cosas no están ni mucho menos tranquilas. Porque de pronto la mano izquierda del Genaro, que esperaba agazapada en la loma de su rodilla, comienza, obediente como la de un autómata del Tibidabo, a encaramarse hasta la madera. ¡Es todo tan difícil! Con cuidado, que no nos descubran... Sin delatarnos... Y la bocamanga derecha de la camisa enjuga esa perversa gota de sudor frontal, repleta de adrenalina y seria amenaza para el éxito de la misión que diariamente anima al Genaro a levantarse de la cama. Pero no hay de qué preocuparse, porque hoy la zurda mi amigo está imparable. ¡Fíjate, fíjate cómo reptan por la repisa las cinco patas regordetas y artríticas de esa araña con manchas de vejez en el dorso! Directas al hombre del croissant... Sutiles como hilos de seda, las yemas de sus dedos se ciernen, imparables ya, sobre el objeto de su acecho, sin que el legítimo propietario de éste se aperciba de los susodichos movimientos gracias a la rapidez, cadencia y precisión que sólo el deseo más profundo puede devolver a unas extremidades carcomidas por los parásitos de la osteoporosis y el abandono. Pinchar el croissant con el tenedor, cortar la esquina crujiente donde se entremezclan la blancura amarillenta de la mantequilla y el amarillo anaranjado de la mermelada. Llevarse el bocado a los labios. Morder. La acidez dulce de la confitura se confunde con la untuosidad de la manteca, para completar la textura esponjosa de la masa tostada sobre la plancha al rojo vivo... Glándulas salivares al mil por cien, y un pequeño rugido de placer a la altura del estómago. Es el momento perfecto, y el Genaro lo sabe. El siguiente bocado ya no tendrá los mismos efectos, así que hay que ser muy rápido. Afortunadamente, él lo es. No siempre, no a todas horas, pero sí en el instante preciso. Como éste. Cinco patas de artrítica araña zurda cerrándose a velocidad luz sobre la montura metálica y los cristales graduados, replegándose en un giro de vértigo hacia su madriguera del bolsillo del pantalón... Y la mano derecha del Genaro que hinca ya la cachaba en el suelo, para verter sobre ella el peso de su cuerpo y levantarse así del taburete. Despacito, primero tanteamos el suelo con dificultad, ahora un pie y luego el otro, para asegurarnos de que las rodillas están por la labor de sostenernos una vez más. Muy bien, eso es. Ahora, un pasito. Luego, otro pasito, y otro más todavía...Como Pepe Le Pew, indiferente a lo que le rodea, atento sólo a su propio ritmo. Lento pero seguro. − ¡Eh, abuelo! ¡Abuelo! Igual que Bogart en sus mejores películas, el Genaro se detiene sin volver la vista atrás. Un par de segundos después, su cuerpecillo obeso, encorvado y vestido de lamparones, gira a cámara lenta sobre el eje de simetría del bastón para encarar con gesto bobalicón al hombre que le increpa. − ¡Que se va sin pagarme el descafeinao, abuelo! – se explica el camarero con una sonrisa mitad paternal mitad sardónica, porque en el fondo los viejos chochos le dan un poco de risa. − Ay, usted perdone, joven – murmura el Genaro, mientras un hilillo de baba se le escurre por la pechera de la camisa. Y todo el mundo (el camarero, el hombre calvo, los dos parroquianos que chatean con tinto peleón al fondo del bar) mira al viejo mientras saca los céntimos roñosos del bolsillo derecho y vuelve lentamente hasta el mostrador, para depositarlos en el platillo que el encargado ha colocado junto a la taza vacía del descafeinado. − Usted perdone, ¿eh? – repite el Genaro sin limpiarse la baba. − Na hombre, na. − Buenos días tengan ustedes – se despide el vejete. Pero nadie atiende ya a sus palabras, pues los parroquianos han vuelto a los vinos y el camarero al trajín de la barra, mientras el hombre del traje azul y el croissant ultiman su romance caníbal. Arrastrando los pies al ritmo cataléptico que le dicta su cachaba, el Genaro abandona el bar y enfila la cuesta arriba que le llevará hasta la parada del autobús. Si hay sitio, se sentará bajo la marquesina a esperar, y lo mismo intentará cuando logre subir al diez. Aunque es mucho más probable que al final le toque ir de pie hasta el barrio, aferrado como un orangután a las barras laterales para no caer en las curvas ni vencerse con los frenazos. Pero el tesoro que ahora guardas en el bolsillo izquierdo del pantalón hará que merezcan la pena todos esos sinsabores, ¿verdad, Genaro? Porque cuando llegas a casa, helada como siempre, sin calefacción ni estufas encendidas, no sientes el frío: hace años ya que te arropan tus objetos. Diecisiete teléfonos móviles (nueve con funda), doce paraguas (plegables cuatro de ellos), veintitrés monederos, veinte gafas de sol, dos walkman (con sus respectivos pares de cascos), tres gamucillas, dos pintalabios, siete guantes (cuatro pares de señora, dos de caballero y una manopla viuda), ocho bufandas y tres foulards, dos chupetes, dos sombreros de caballero y una gorra de Nike, treinta y ocho mecheros (clipper sobre todo), seis juegos de llaves... Y, ahora, unas gafas para ver de lejos, con montura metálica. Las primeras. El Genaro sonríe con sus encías desdentadas, y la cara se le puebla de orondas arrugas de satisfacción. − Vosotros... Vosotros justificáis mi existencia – murmura bajito, acariciando con mirada lánguida la última joya de su peculiar corona de cachivaches sustraídos. Ajeno al placer acaparador de mi amigo Genaro, un vecino irrespetuoso sube el volumen de la radio. It’s my life… It’s now or never I ain’t gonna life for ever… I just wanna live while I’m alive It’s my life [Vosotros justificáis mi existencia fue distinguido en 2004 con el XVII Premio Clarín de la Asociación Española de Artistas y Escritores] Portada del nº 9
de la revista Mirador, donde fue publicado EL ORIGEN DE ESTE RELATO Como muchos otros, Vosotros justificáis mi existencia debe su existencia a una noticia de ésas que apenas ocupan media columna en el periódico, donde la descubrí: la detención de un septuagenario, en cuya casa se encontró un arsenal de pequeños objetos robados. Mecheros, bolígrafos, gafas de sol, teléfonos móviles... El anciano no iría a prisión, por ser mayor de setenta años y carecer de antecedentes, pero incluso la policía se había mostrado sorprendida de la cantidad de cosas que almacenaba en su domicilio. Evidentemente, aquella historía tenía "cuento encerrado". Como nota curiosa, empecé a escribir el relato acodada en la barra de una cafetería Jamaica de la C/Arenal de Madrid. En principio, este dato no tendría por qué guardar la menor vinculacion con el argumento... Pero cuando el hilo musical comenzó a emitir el It's my life de Bon Jovi, supe exactamente cuál debía ser el final del relato. |
