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Reflexiones


Mastroianni, mon amour

publicado a la‎(s)‎ 13 sept. 2015 14:51 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 13 sept. 2015 15:06 ]

Él nunca lo supo, pero la mayor admiradora que jamás tuvo Marcello Mastroianni fue una gata siamesa. 

Cuando mi madre terminó la carrera apenas había mujeres veterinarias en España. Y como todos los que empiezan, comenzó haciendo lo que nadie quiere de la profesión. En su caso, clínica a domicilio. Poco a poco, con perseverancia, las cosas fueron mejorando. Los pacientes ambulantes se volvieron fijos y pudo abrir su propia consulta. En casa de sus padres, eso sí. Como todos los que empiezan.

Llevaba un tiempo ejerciendo cuando un propietario agradecido le hizo un maravilloso regalo: una gata siamesa de apenas un par de meses, hija de la madre a quien ella misma había tratado en varias ocasiones.

-Se la mandan mis niñas. Le han puesto Melissa -explicó el hombre, henchido de orgullo.

A mi madre le pareció un nombre muy cursi para una gatita tan hermosa, que miraba con curiosidad el mundo desde su cesta de mimbre con aquellos enormes ojos azules enmarcados por un antifaz oscuro, y decidió buscar algo más chic. Un nombre que corto y sonoro, que evocase elegancia y exotismo... Estuvo buscando unos días hasta que encontrar la inspiración, cómo no, en el cine. Nada menos que en el de Woody Allen, con su What's new Pussycat?

Exacto. A mediados de los años 60 los españoles apenas sabíamos inglés, y todavía faltaban muchos años para que La Novia de Tarantino hiciera resucitar su dedo gordo en el interior de "la coñoneta".



Pussy vivió muchos años con nosotros. Primero en el estudio de mi padre cuando mi madre y él aún eran novios, porque en casa de mis abuelos ya tenía tres perros de raza setter que odiaban a muerte a los gatos. Me consta que mi padre fue su primer amor. Luego, claro, vendría Marcello. 

Cuando salía a trabajar, le dejaba la persiana levantada para que se entretuviera mirando a los pájaros que se posaban en el alféizar. Por la noche, se sentaba con él a ver la televisión. Si había fútbol, trataba de cazar a los jugadores que corrían por la pantalla. Sólo con las almohadillas de las patas, como si temiera que aquellos muñequitos en movimiento pudieran deshacerse bajo sus zarpas.

Todo normal, hasta que llegó Marcello. En aquellos tiempos de cine en blanco y negro y televisores de tubo catódico, los gatos competían con la muñeca flamenca y el toro de Osborne por la posesión del monitor. Obviamente, los felinos tenían las de ganar. Pussy lo supo enseguida. Se tendía cuan larga era sobre la caja marrón de la ITT y de vez en cuando dejaba caer la cola por delante de la pantalla, indiferente ante las quejas de los espectadores, que veían interrumpida la sesión por un largo apéndice peludo de color chocolate que paseaba de derecha a izquierda como un limpiaparabrisas cachazudo. Un sábado noche, de esos de sofá y mantita en pareja sin niños ni moros en la costa, TVE emitió una película del galán italiano de moda, Marcello Mastroianni. Quizá La Dolce Vita o Divorcio a la italiana. No lo sé, yo aún no había nacido y mis padres nunca lo recordaban al contar la anécdota.

Lo que sí recordaban era cómo la gata descolgó la cabeza y no la cola al escuchar la voz de Marcello, y cómo se fue escurriendo poco a poco para contemplar al galán. En cuestión de segundos, Pussy había descendido de su particular Olimpo para quedar onnubilada delante del televisor, hipnotizada por el rostro de Mastroianni.

Mis padres contaban que cada vez que emitían alguna película del italiano, la gata repetía el ritual. Descolgaba la cabeza delante de la pantalla y, tras cerciorarse de que era él, se sentaba en primera fila a ver la película, con los bigotes a punto de rozar el televisor en un beso felino.  

Pussy y yo fuimos inseparables hasta el último día de su vida. Jugábamos a darnos suaves topezatos frente con frente y dormía hecha una rosca sobre mis piernas en cuanto me sentaba en el sofá. 

Siempre me dijeron que podía pasar horas junto a mi cuna mientras fui bebé, manteniendo a los tres perros setter a una distancia prudencial para que no me incomodasen con sus ruidos. Pero ese amor de hermana mayor no fue óbice para que siguiera adorando a mi padre. Ni para que siguiera cazando futbolistas en pantalla. Ni para que dejase de admirar la mirada penetrante y la media sonrisa seductora de Marcello Mastroianni


Arte urbano

publicado a la‎(s)‎ 31 ago. 2015 9:40 por Nuria C. Botey

Me gusta el arte urbano. Admiro los murales de spray que llenan las paredes de vida y me hacen sonreír las provocaciones visuales capaces de convertir las piedras en televisores, los buzones en bostezos o las esquinas en amenazas, como Bansky o Pejac
Pero no es necesario dominar el dibujo para levantar pasiones. O al menos, a mí no me hace falta. Una frase afortunada con una caligrafía más o menos clara y el engranaje de la máquina de inventar historias se pone en movimiento. No en vano la sección de nanorrelatos de mi antología "Mosquitos en tu alcoba" lleva por título"Graffiti en el muro".

Eso fue lo que ocurrió hace un par de días, cuando un amigo de Facebook colgó la siguiente imagen:


Como buena introvertida, me emocionan más los detalles pequeños que las demostraciones grandilocuentes. Siempre me ha parecido más romántico el "me encantaría besarte" junto a la hoguera de My own private Idaho que el momento DiCaprio-Winslet en la proa de Titanic, qué le vamos a hacer. Así se me desata la imaginación con la historia que resume esta pintada.

Le imagino a él, que cambió la Secundaria por el bar de su tío, escribiendo a la luz de la farola la declaración que ella verá por la mañana, camino de la Universidad, donde estudia Derecho o quizá Filosofía. Se conocieron por casualidad en un pub, cuando un amigo del grupo se atrevió a entrarle a su prima en las fiestas del pueblo. La cosa entre el amigo y la prima no cuajó, pero ellos ya llevan cuatro meses juntos. A estas alturas ella sabe identificar un fuera de juego y han visto todas las películas de "Los mercenarios", pero él todavía se duerme cuando ella elige una francesa el día del espectador.

Sin embargo, supo que había metido la pata cuando hizo aquel comentario después de que ella terminase de leer en voz alta el cuento. 

- Un poco cursi, ¿no?

Ella le miró con cara de odio. 

- Es mi escritor favorito.

No dijo más, pero tampoco era necesario. Hasta un chico como él entendía todo lo que encerraban aquellas palabras.

La pintura azul brilla bajo la dura luz blanca de la farola. El sol de la mañana se encargará de mostrar las imperfecciones del aerosol, las zonas donde las letras se decoloran, pero de noche la imagen es soberbia. El repasa su trabajo con esa sonrisa abierta que tanto le gusta a ella, convencido de que entenderá el mensaje sin necesidad de dar más explicaciones. 

Porque no entendió el cuento que tanto le gusta a ella, pero sabe que le quiere por encima de todo.

Recuerdos de la guerra no vivida

publicado a la‎(s)‎ 12 jul. 2015 16:18 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 12 jul. 2015 16:19 ]

El viaje de la escritora Lola Robles​ por Belgrado, Sarajevo y Sbrenica conecta de una forma muy especial con la novela para la que (espero) pronto estaré buscando agente literario, de modo que he sentido la necesidad de escribir algo al respecto.

Yo era adolescente cuando se desencadenó la guerra de los Balcanes. Una guerra civil en pleno corazón de Europa, donde los muertos no eran negros del sur de África (ya sabes que para los europeos África es ese pequeño continente que se reparte entre los árabes de arriba y los negros de abajo), ni indios con turbantes, ni moros con pañuelos de cuadros en la cabeza, sino hombres y mujeres rubios de ojos claros o cetrinos de ojos muy oscuros, pero que en todos los casos vivían muy cerca de nosotros. Con esa guerra aprendimos a hablar de "daños colaterales" y nos horrorizamos con la precisión de los francotiradores que acechaban a quienes se aventuraban a salir de sus casas para buscar comida entre las ruinas de ciudades que un día no muy lejano fueron prósperas y tranquilas como las nuestras.

Recuerdo bien la tarde en que Encarnita, la profesora de Ciencias de mi colegio, llegó a clase con los ojos llenos de lágrimas: habían bombardeado la biblioteca de Sarajevo, que ella misma estuvo visitando junto a su amiga Leonor, la profesora de Literatura, durante sus últimas vacaciones, apenas un año antes de que estallara el conflicto. Aquel día todas lloramos un poco por los miles de libros que jamás se recuperarían de la barbarie.

Sin embargo, y a pesar de estos recuerdos, hasta hace tres o cuatro años no creí que la guerra de los Balcanes hubiese dejado una huella honda en mí (y eso que siempre me estremezco al escuchar el "Zombie" de los Cranberries). No lo creí... hasta que me puse a escribir un thriller sobrenatural ambientado en el Madrid de hoy en día y se coló en él un superviviente bosnio del genocidio serbio. Iba a ser un personaje secundario, pero poco a poco fue ganando envergadura hasta atreverse a empuñar el cetro del protagonista de la historia y obligarle a compartir su trono. 

Entonces, al ver las fotografías del cementerio de Sbrenica colgadas por Lola en su Facebook, me doy cuenta de que siempre ha estado ahí, agazapada en mi memoria, la imagen de un autobús lleno de niños evacuados por los cascos azules de la ONU que fue portada de los periódicos a principios de los años 90. En ella se ve a un pequeño rubio de ojos muy azules que no aparenta más de tres o cuatro años con la naricilla pegada en el cristal, y su mirada asustada y vacía al otro lado de la ventanilla hace mucho más que traspasar el vidrio. Ahora me doy cuenta de que ha estado ahí todo este tiempo, esperando pacientemente a que yo fuera capaz de trasladar al papel los demonios que aquella guerra despertó en mí. 

Artistas, artesanos y otras gentes de mal vivir

publicado a la‎(s)‎ 11 may. 2015 9:37 por Nuria C. Botey

Hace ya unos cuantos años, el escritor y amigo León Arsenal compartió conmigo una reflexión que, más o menos, venía a decir algo así: en todos los oficios hay artistas y artesanos. Miguel Ángel era un artista inconmensurable y no puede haber más que unos pocos como él cada cierto tiempo; sin embargo, en todas las épocas se necesitan muchos artesanos que hagan vasijas de barro en lugar de esculpir esculturas, o que construyan viviendas para habitar y no catedrales o palacios. Tan necesario es un buen artesano como un buen artista.

Huelga decir que me parece un pensamiento perfectamente aplicable al mundo de la escritura. Es difícil que aparezca otro Juan Rulfo en la literatura de habla hispana, por poner un ejemplo, pero no a todos los lectores les satisfacen libros como "Pedro Páramo" o "El llano en llamas", ¿verdad? 

Cuando yo empecé a escribir siendo adolescente, mi máxima aspiración era aparecer algún día en los libros de Literatura (así, con mayúscula). Afortunadamente, mi ambición fue decreciendo con el paso de los años. Publiqué relatos y novelas con la esperanza de ser leída y sí, lo reconozco, de firmar alguna vez en la Feria del Libro de Madrid. Tengo la suerte de decir que ambos deseos se vieron satisfechos, si bien reconozco que no me hubiera importado tener algunos lectores más y, tal vez, asistir a unas cuantas firmas menos.

El reverso de la moneda, como suele ser habitual, es que también empecé a conocer los entramados del mundo editorial, con sus muchas sombras y sus pocas luces. Y poco a poco vas viendo que no siempre triunfan los mejores, sino que a veces pasa todo lo contrario;  que la literatura forma parte del mercado del ocio y por lo tanto as historias son productos a los que hay que dar salida... Y que quizá hacen más falta artesanos "de lo suyo" que artistas sublimes.

Es entonces cuando te planteas dónde es más sensato buscar un sitio, si entre los primeros o entre los segundos.

Me temo que yo aún no he encontrado la respuesta.

Mi curioso 23 de abril

publicado a la‎(s)‎ 30 abr. 2015 13:59 por Nuria C. Botey

Desde que publiqué mi primera novela en 2007"Los chicos de la Costa Azul", siempre me las he ingeniado para firmar en el Día del Libro. Actos organizados por editoriales, invitaciones de librerías con las que tenía algún contacto o eventos colectivos dentro de La Noche de los Libros, cualquier excusa era buena para disfrutar de una tarde entre hojas impresas. Algunos años vendí muchos ejemplares, otros pasaron sin pena ni glora, e incluso hubo algunos de cero patatero.

Sin embargo, el 23 de abril de 2015 era un día especial más allá de lo literario: mi hijo pequeño cumplía su segundo mes de vida, y eso no es algo que pase todos los años. Como semejante personaje no estaba todavía en condiciones de acompañar a su mamá a ningún sarao de blanco sobre negro, hice mis compras rituales vía web (la novela "Talco y bronce" de Montero Glez y el cómic "El tesorero" de Francisco Ibáñez, para quien pueda interesar) y me dispuse a celebrar la fecha entre pañales, tetas y biberones. 

Sin embargo, ironías de la vida, en este San Jordi tan poco literario disfruté de esa experiencias que nos alegra la vida a los escritores: conocer a un lector entusiasmado con tu obra. 

Como no podía ser de otro modo dada mi reclusión social, el encuentro fue gracias a la red del señor Zuckerberg, gracias la inestimable mediación de Javier Quevedo Puchal, a quien deberías conocer por ser el autor de "Cuerpos descosidos", "Lo que sueñan los insectos" o "El manjar inmundo".

Se debatía en su muro un interesante artículo sobre la invisibilidad de los actores homosexuales en Hollywood. Yo hice un comentario irónico sin incluir (mea culpa) ninguna clave que permitiera captar el matiz a quien no me conociera de antemano. Lógicamente, uno de sus contactos entró a rebatir mi opinión y entonces Javier tuvo la cortesía de revelar que yo había escrito dos novelas homoeróticas bajo el seudónimo de Pablo Castro.

Lo que ni mucho menos esperaba es que su contacto no sólo conociera a "Pablo", sino que hubiera leído "Los chicos de la Costa Azul" apenas un año después de su publicación... ¡Y que le hubiese gustado tanto! Quid pro quo, él tampoco imaginó jamás que Pablo Castro fuese en realidad una mujer heterosexual, casada y con dos hijos.

El final de la historia es tal y como imaginas: ahora tengo un nuevo amigo en Facebook. Estamos empezando a conocernos, pero ya se ha interesado por "Hollywood Life", mi segunda novela. Por mi parte, yo he prometido presentarle al auténtico Pablo Castro en cuanto tengamos ocasión de coincidir en algún acto literario.

Quién sabe, quizá incluso le revele el nombre de mi cirujano plástico.

Un sueño de Navidad

publicado a la‎(s)‎ 26 dic. 2014 13:33 por Nuria C. Botey

¿Te acuerdas de los tres fantasmas que visitaban al avaro Ebenezer Scrooge en "A Christmas Carol" de Dickens? A mí vino a visitarme uno de ellos a las 2:30 de la madrugada del 26 de diciembre. Sé a ciencia cierta que no era el de las Navidades pasadas y espero encarecidamente que no fuese el de las futuras, porque el cuento que me proponía resultaba de lo más inquietante.

Imagina la historia de una madre de cuarenta y tantos a quien su exmarido, miembro de una organización criminal, le advierte por teléfono que ha contratado a un sicario para liquidar a la hija preadolescente de ambos precisamente en el día que la chiquita cumple trece años, como venganza contra la madre. 

Presa del pánico y segura de que avisar a la policía no serviría de nada contra un hombre con los contactos de su ex, la mujer deja a su hija menor, ocho o diez años a lo sumo, a cargo de los abuelos y organiza una yincana en un enorme centro comercial abarrotado de gente a modo de celebración para tratar por todos los medios de despistar al asesino. Para no poner en peligro a ninguna otra niña, sólo invita a sus propias amigas, sin revelar a ninguna el verdadero motivo del acto por miedo a que las abandonen a su suerte cuando descubran la amenaza. 

Sería fácil describir a la niña, una muchachita pecosa y flaca de pelo castaño tirando a rojizo, que empieza la fiesta con un entusiasmo que poco a poco se va tornando enfado contra su madre porque no le deja terminar ninguna compra ni sentarse mucho rato a tomar una coca-cola, o que incluso le hace salir del cine a mitad de la película sin motivo aparente. 

Podría hablar de la mujer, bonita a pesar de los ojos tristes y las arrugas incipientes alrededor de los ojos o las comisuras de la boca, con un nudo en la garganta y manos temblorosas. También podría dibujar a cada una de las amigas que recorren el centro comercial con ella: la soltera deportista, vestida con chandal gris y zapatillas de marca, ávida de colaborar en la actividad propuesta; la mujer de negocios, todavía enfundada en su traje sastre y sus tacones porque su amiga ha ido a recogerla con urgencia al trabajo para celebrar el cumpleaños de su hija mayor de aquella forma tan ridícula; el ama de casa, madre de trillizos y antigua compañera de colegio con quien apenas conserva lazos en común, aunque experta en optimizar movimientos para recorrer los malls y sus tiendas con la máxima eficacia... 

Pero sobre todo podría describir al asesino. Un hombre joven, atractivo, fibroso y bien afeitado, capaz de mostrarse simpático y encantador para conseguir sus objetivoscomo buen psicópata que es. Seguro que David Tennant, el que fuera décimo Doctor Who, lo clavaría en el cine. 

Por desgracia, mi historia no tiene el final feliz y moralizador del clásico de Dickens. Aquí el asesino cumple con creces su cometido, porque no sólo secuestra y mata a la hija mayor, sino también a su hermana pequeña, a quien ha recoge de casa de los abuelos mediante engaños. Imagina lo que es compartir el punto de vista de la mujer que conduce el coche con sus amigas a bordo y descubrir los cuerpos de sus hijas, ahorcados de las vigas de una pérgola a la puerta de una casa de campo... 

Tras una persecución intensa, el único consuelo de la madre es conseguir que la policía detenga al asesino. Pero no tiene forma de incriminar al padre en los delitos y sabe que la organización donde milita se encargará de negociar una condena lo suficientemente suave para su brazo ejecutor. 

Y así, con ese ánimo, me he despertado esta madrugada.

Algunos amigos me han recomendado que venda los derechos de la historia un director de cine como Álex de la Iglesia o David Fincher, pero yo he preferido colgar el argumento en mi página web porque ya de antemano renuncio a escribir el guión de la película. Bastante tocada me ha dejado siendo un simple sueño, gracias.

Música para noviembre

publicado a la‎(s)‎ 13 nov. 2014 14:34 por Nuria C. Botey

Dice Eliot que Abril es el mes más cruel porque engendra lilas de la tierra muerta.

Sin ánimo de contradecir al poeta o a las flores que se crían en sus cenizas, Noviembre me resulta más cruel que Abril porque es la antesala del invierno. Abril lleva implícita la promesa del tiempo tibio y los días largos, pero Noviembre abre la puerta a las sombras, al viento que se cuela por las rendijas de las ventanas y a los pies helados entre las sábanas. Comienza con el culto a los difuntos y la estela de su vacío se deja sentir en el resto de los días, tan sólo interrumpida por el espejismo del espíritu navideño de Diciembre, con su calendario de adviento y su industria fugaz de los buenos deseos. 

Sí, Noviembre me parece un mes cruel y teñido de nostalgia, ideal para protagonizar cualquiera de esas canciones que resuenan en tu memoria cuando anochece a las seis de la tarde y las nieblas enturbian el sol hasta bien entrada la mañana. Hay muchas, pero yo tengo tres en mi playlist que quiero compartir contigo.

La primera no es otra que "Me llaman octubre", un tema tan breve como contundente del álbum "Maniobras de escapismo" de Love of Lesbian. Se merece estar en esta lista tan sólo por la siguiente estrofa:
  
"Obstinado en mantenerte como un viento a mi lado, 
yo te convertí en Noviembre, así es mi calendario"

Una canción de desamor casi críptica que me llena de melancolía y de escarchas matinales de principio de mes, cuando los hierbajos secos de los terrenos sin edificar se doblan bajo el peso de las gotas heladas y los cristales de los coches amanecen empañados.

Aunque quizá la escarcha no sea lo más característico de noviembre... Sino la lluvia, protagonista absoluta del último mes del otoño. Y claro está, no podía faltar la canción que mejor representa esta sensación de humedad y tinieblas: el clásico "November rain", de Guns N' Roses.

"And it's hard to hold a candle
in the cold november rain"

Se ha escrito tanto sobre esta canción, incluida en el Use Your Illusion I, que poco puedo añadir ya. Sólo decir que más allá de la megalomanía del vídeo musical, el tema en sí transmite la sensación de vacío y monotonía del cielo plomizo y la lluvia helada en los cristales, repicando hora tras hora hasta marchitar toda esperanza.

Termino esta entrada otoñal con la canción que mejor representa mi particular sentimiento hacia el mes en curso: "November spawned a monster", de Morrissey. Todavía más ochentera y decadente que la anterior, pero bastante terrorífica si la escuchas con los ojos cerrados. 

"One November spawned a monster
in the shape of this child who later cried"

Noviembre, el mes de las sombras que reptan por las paredes, de la penumbra que se cierne demasiado pronto sobre las cosas para deformar la realidad ante nuestros propios ojos y hacernos temer hasta lo más cotidiano. 

Disfruta de él, a ti que te gusta.



Escritores que oyen voces, personajes que hablan al lector.

publicado a la‎(s)‎ 21 sept. 2014 15:43 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 21 sept. 2014 23:23 ]

A principios de septiembre leí en la edición digital de El País un artículo sobre la frontera entre la capacidad auditiva de los escritores para oír la voz de sus personajes y las alucinaciones auditivas propias de los pacientes esquizofrénicos, que puedes encontrar aquí si no lo viste en su día.

Dejando a un lado el hecho de que el artículo prefiere quedarse en la anécdota de autores como Julio Cortázar, Virginia Wolfe o Charles Dickens en lugar de describir con algo más de precisión la investigación llevada a cabo por la Universidad de Durham, (cosa que lamento como psicóloga y como escritora), lo cierto es que su lectura me hizo reflexionar. Porque yo soy de las que "oyen" a sus personajes, sí. 

Es más, no sólo los oigo; en cuanto puedo (es decir, cuando estoy a solas) los dejo "hablar" por mi boca como haría una medium en trance... Aunque de forma menos vistosa que la buena de Oda Mae Brown, porque no todas podemos ser Whoopi Goldberg. 

También soy de las que tienen dificultades para "ver" al personaje principal, mientras que los secundarios se me aparecen siempre de forma más nítida, como señala el artículo. ¿Curioso? Tal vez, pero lo cierto es que ninguno de esos datos me parecen verdaderamente relevantes.

O al menos, no como autora. En ese plano lo que me interesa no es el proceso por el cual los personajes se comunican conmigo, sino cómo conseguir que esos personajes te hablen a ti, lector/lectora, cuando ya has terminado el libro.

Me estoy refiriendo a esa expresión peculiar, ese giro propio, esa frase afortunada que caracteriza a un personaje y se te queda grabada en la memoria después de pasar la última página, llegando incluso a formar parte de tu vocabulario como una especie de chiste privado entre el autor y tú. "Ole tu culo, emperaora""Esa es otra Historia y debe ser contada en otra ocasión", ya sabes. Y si no lo sabes, es que no hemos leído el mismo libro. 

"Oh, la Humanidad".

Porque cuando escuchas esa frase en boca de otra persona se crea un vínculo especial entre vosotros, haciendo que os reconozcáis inmediatamente  como lectores y como amantes del mismo libro, igual que una contraseña permite al agente secreto identificar a su contacto en cualquier parte del mundo... Eso es lo que verdaderamente me interesa como escritora, dotar a mis criaturas de la potencia suficiente para agazaparse en entre los recuerdos de sus lectores y saltar a la conciencia en cuanto la ocasión lo permita.

Ya sé que mis personajes me hablan. Lo que quiero es que sus voces resuenen en tu cabeza cuando ya no estés leyendo su historia. 




Literatura en la Facultad de Psicología (II): Chocolate

publicado a la‎(s)‎ 29 jun. 2014 2:48 por Nuria C. Botey

Llegué al libro de relatos "Un café lejos de aquí" (Tropismos, 2006) casi por casualidad, tras leer una reseña en el suplemento cultural de un periódico de gran tirada. No sabía nada de su autora, Z.Z. Packer, pero me llamó la atención su juventud. De pronto me di cuenta de que no había leído literatura afroamericana (ni siquiera a Toni Morrison, lo reconozco) y esto, unido al hecho de que fuera un libro de relatos, que es un género que adoro, me animó a comprarlo.

Aunque no se trata de hacer una reseña del libro, tengo que reconocer que el resultado final de la lectura no fue el enamoramiento. Me pareció una obra correcta, con historias interesantes, pero tampoco digna de pasar a los anales de mi biblioteca personal. Y sin embargo había un cuento, un solo cuento, que justificaba plenamente la compra del libro: Chocolate (Brownies, en el original). 
 

Como no se trata de una historia tan conocida como el relato de Arthur C. Clarke al que hacía alusión en la entrada anterior, AQUÍ se puede leer (en inglés) una breve sinopsis de su argumento.

¿Por qué me interesa esta historia para mis clases? Porque Chocolate habla de racismo y agresión, pero esta vez a la inversa: un grupo de niñas negras de orígenes humildes deciden acosar y dar un escarmiento a un grupo de niñas blancas con quienes coinciden en un campamento de verano, porque una de las integrantes de la patrulla Chocolate cree haberles oído referirse a otra de sus compañeras como "negrata" (nigger en el original, el peor insulto que un caucásico puede decir a un afroamericano).

Y de este modo, en un cuento de apenas quince páginas, Z.Z. Packer toca prácticamente todos los fenómenos que yo explico a mis alumnos en la asignatura de Psicología Social II y de los Grupos. Porque Chocolate habla de prejuicios raciales y de agresión, sí, pero también habla de identidad social, de liderazgo, de estigma, de presión grupal, de conflicto, de poder. Habla de las reacciones de los oprimidos cuando sienten la oportunidad de resarcirse de su situación de desventaja e incluso, tras una bella vuelta de tuerca en el momento del desenlace, muestra varios ejemplos interesantes de disonancia cognitiva, cuando algunas de las integrantes más belicosas de la patrulla Chocolate se niegan a reconocer el error que han estado a punto de cometer con la patrulla de niñas blancas.  

En términos académicos, Chocolate es un relato tan completo que no solo me sirve para ilustrar los modelos teóricos que hemos estudiado durante el curso, sino que me permite ir más allá: para terminar el ejercicio de análisis, pido a mis alumnos que diseñen un programa de intervención psicosocial orientado a la reducción del prejuicio y la resolución no agresiva de conflictos en la escuela donde estudia la patrulla Chocolate.

Gracias, Zuwena Packer.

Literatura en la Facultad de Psicología (I): Reencuentro

publicado a la‎(s)‎ 19 jun. 2014 12:19 por Nuria C. Botey

"Reencuentro" es un relato breve escrito por Arthur C. Clarke e incluido en su antología "El viento del Sol. Relatos de la era espacial" (1972). Probablemente no sea uno de los ejemplos más destacados de su obra, pero tiene una serie de ingredientes excepcionales para servir de apoyo a la docencia en Psicología Social. 

En concreto, yo uso la versión traducida por Alianza Editorial en 1987 para ilustrar de forma práctica los procesos cognitivos básicos implicados en el mantenimiento y la reproducción de estereotipos y prejuicios, tal y como sugiere el manual "Psicología Social: procesos interpersonales",
de Mª Nieves Quiles, Mª Dolores Morera y Ramón Rodríguez Torres (Pirámide, 1998)
El cuento es impecable en su sencillez. Escrito en primera persona del plural, los integrantes de una civilización extraterrestre se ponen en contacto con nosotros para explicarnos poco a poco quiénes son y ofrecernos la cura para una terrible enfermedad que desfigura a los terrícolas desde hace eones. 

[Lamento no ser más explícita, pero cuando se trata de una historia escrita en apenas en una página, cualquier dato extra puede destripar el argumento.]


¿Qué tiene de particular este relato para que lo utilicemos en una clase práctica de Ps. Social? Sin duda alguna, su sorprendente final. Una vuelta de tuerca colosal, que prácticamente obliga al lector a reiniciar al lectura en cuanto llega al punto final para tratar de encontrar la trampa... Pero no hay trampa. Y entonces comprendemos que ha sido nuestra forma de pensar y de interpretar el mundo lo que nos ha hecho entender la historia en clave estereotípica. 

Vayamos por partes.

Los seres humanos utilizamos dos grandes vías para pensar: el pensamiento analítico, lógico y secuencial, y el pensamiento heurístico, basado en atajos mentales y en ejemplos limitados. Ahí es donde entran los estereotipos acerca de los grupos sociales que hacen que, por ejemplo, cerremos el seguro de la puerta del coche cuando un hombre sucio y mal vestido se acerca a pedirnos dinero en un semáforo rojo. Quizá en algún momento esa conducta pueda habernos evitado un susto, pero lo más probable es que estemos actuando de forma prejuiciosa ante un hombre que sólo mendiga unas monedas.

Eso mismo nos ocurre mientras leemos "Reencuentro". Pueblo de la Tierra, no temáis. Venimos en son de paz, comienza diciendo. E inmediatamente, aun sin saber quién fue Arthur C. Clarke, en nuestra memoria se dibuja un puñado de en extraterrestres. Verdes y cabezones, claro que sí, porque esa forma de saludo sólo puede ser propia de una raza alienígena, como bien nos ha enseñado el cine y la literatura de ciencia ficción.

Y en efecto, el relato avanza por esos derroteros... Más o menos. 
Pero no miente. No engaña. Contiene incluso afirmaciones claras que deberían inducirnos a pensar que esos supuestos extraterrestres no son ni tan verdes ni tan cabezones como los estamos imaginando. Sin embargo no lo notamos, porque esas primeras frases han puesto en marcha procesos selectivos de atención, percepción y memoria que nos conducen a ignorar, reinterpretar y recordar sólo aquellos datos que concuerdan con el estereotipo activado.

Por eso mis alumnas (la matrícula en Psicología es eminentemente femenina y me gusta hablar en función del género mayoritario) se sorprenden al terminar de leer. Algunas sonríen, cómo me la ha colado este tío; otras se irritan, venga ya, no puede ser, ¿dónde dice eso?  y otras me miran con gesto expectante y sentencian Pues no he entendido nada, ¿son o no son extraterrestres?. Las hay incluso (y esto es muy bonito) que interpretan la historia completamente al revés de lo que dice. ¿Por qué? Porque el prejuicio siempre tiene un componente valorativo, habitualmente de carácter negativo. Ser prejuiciosos con otros es una forma de hacernos sentir mejor porque nuestro grupo pasa a ocupar una posición de superioridad.... Y precisamente las dos últimas frases del relato de Clarke son un puñetazo en la cara de esa supuesta superioridad, cuando el lector averigua cuál es esa terrible enfermedad, que no mata pero sí desfigura, para la que nos ofrecen cura los lejanos visitantes que regresan en son de paz. 

¿Te has quedado con ganas de leer el texto original del autor británico? No te preocupes, aquí lo tienes, en el blog Documenta Mínima. Pero hazme un favor: cuando termines de leer, párate un momento a pensar en tu reacción. ¿Has necesitado volver al principio del relato? ¿Te fijaste bien en todas las frases durante la primera lectura? ¿Cómo te has sentido al terminar? Y lo que es más importante de todo... ¿De qué trata realmente "Reencuentro"?


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