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Animales fantásticos de nuestra infancia

publicado a la‎(s)‎ 30 may. 2014 15:07 por Nuria C. Botey
Trasteando por la web leí un artículo sobre Animales inolvidables de la literatura en ElComercio.com. El burro Platero, la ballena Moby Dick, los cerdos de Orwell, los gallos de García Márquez... En un primer momento eché de menos a la "milana bonita" de Los santos inocentes, pero rápidamente vinieron a mi memoria muchas otras criaturas. Sin embargo, había una diferencia radical entre mis recuerdos y aquellos animales de los que hablaba el artículo, porque mi cabeza de lectora estaba poblada por seres fantásticos que habían convertido mi infancia en una especie de bestiario polimorfo y asombroso al que, lo supe enseguida, algún día debía rendir su pequeño homenaje. 

Tal vez hoy sea buen momento para ponerme a ello. 

Empecemos por lo más alto. Aún a riesgo de equivocarme, me atreveré a decir que el trono de Señor de las Bestias en el universo de las criaturas literarias fantásticas tiene un amo y señor absoluto para aquellos que crecimos como lectores en los años 80: Michael Ende. La Historia Interminable, éxito indiscutible desde su publicación en 1979, se lleva la palma en cuanto a seres memorables: ya sean monturas como el caracol de carreras del diminutense, el murciélago del genio nocturno o el leal Ártaxo criaturas con entidad propia como la vetusta tortuga Morla o el terrible Gmork (aquel el lobo de enormes ojos verdes al servicio de la Nada que persigue a Atreyu en su Gran Búsqueda), los animales mitológicos creados por Ende para poblar Fantasía nos apasionan... Y por encima de todos ellos, Fújur, el maravilloso dragón blanco de la suerte cuyas orejas desflecadas todos deseamos acariciar alguna vez. 
[No, yo tampoco pude surcar el cielo sobre su lomo escamoso, de modo que lo hice un poquitín mío al usar su descripción como referencia para el catoblepas en mi relato Animales de compañía, incluido en la antología Vosotros justificáis mi existencia.]
Pero no sería capaz de dejar atrás a Ende sin citar a otro de mis criaturas míticas preferidas:
la tortuga Casiopea, que ayuda a la pequeña Momo, protagonista del libro con el mismo título, a esquivar a los hombres grises gracias a los mensajes luminosos de su caparazón y a su capacidad para saber lo que ocurrirá dentro de media hora, aunque no pueda conocer lo que pasará hasta entonces. 

Pero a la editorial Alfaguara tengo que agradecerle otro título que adorna mis estanterías, junto a un ejemplar de Momo con la misma e inquietante portada que ilustra este post: El paquete parlante, de Gerald Durrel.  

Gerald Durrell, hermano menor del autor del celebrado Cuarteto de Alejandría, biólogo, conservacionista y escritor socarrón, cuenta en su haber con el bestiario fantástico que más me ha hecho soñar a lo largo de mi vida. Las dóciles minovacas caracoles gigantes con cabeza bovina cuya baba gelatinosa se convierte en una sustancia maleable de gran utilidad al secarse; los terroríficos basiliscos de cabeza de gallo, cuerpo de dragón y mirada mortífera como la de Medusa; el simpático sapo Gundemaro, experto en camuflaje; las comadrejas gobernadas por el pusilánime e hipocondríaco Camemberto, Duque de Dreja; Osvaldo, la serpiente marina que usa trompetilla para mitigar la sordera... Y por supuesto, el sabio, redicho y admirable Leodovaldo Olegario Remigio Otón (LORO), que convive junto a Dulcimila, la arañita con la que comparte jaula y clavicémbalo de palo rosa. 

Algún día hablaré de cómo este libro me salvó la vida cuando tenía cinco años, pero hoy sólo quiero añadir que Gerald Durrell consiguió describir en él la que, para mi gusto, es una de las escenas más inquietantes de la literatura infantil de la época, cuando los protagonistas se ven obligados a atravesar de noche y en completo silencio un campo de mandrágoras dormidas, ya que hacerlas despertar suponía arriesgarse a escuchar sus gritos hasta enloquecer. Me consta que muchos otros autores posteriores han jugado poderosamente con el mito medieval de la mandrágora, pero hay que tener en cuenta que la primera edición de El paquete parlante data de 1974. 

Hay mucho más libros poblados por criaturas cuasi-míticas en los años 80. Podríamos hablar del caballo Pequeño tío y del mono Señor Nilsson creados por Astrid Lindgren para acompañar a la salvaje Pippi Calzaslargas, del ganso Martín y sus esfuerzos por ser aceptado en la bandada de gansos salvajes de El maravilloso viaje de Nils Holgersson de Selma Lagerlöff, de las ardillas que trabajan para Willy Wonka escogiendo nueces en Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl o de todos los animales que cura el Doctor Dolittle de Hugh Lofting. Podríamos hablar de muchos más libros, pero los tres anteriores son los que me han llenado la cabeza de animales extraordinarios. 

¿Cuáles son los tuyos?

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