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Recuerdos de la guerra no vivida

publicado a la‎(s)‎ 12 jul. 2015 16:18 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 12 jul. 2015 16:19 ]
El viaje de la escritora Lola Robles​ por Belgrado, Sarajevo y Sbrenica conecta de una forma muy especial con la novela para la que (espero) pronto estaré buscando agente literario, de modo que he sentido la necesidad de escribir algo al respecto.

Yo era adolescente cuando se desencadenó la guerra de los Balcanes. Una guerra civil en pleno corazón de Europa, donde los muertos no eran negros del sur de África (ya sabes que para los europeos África es ese pequeño continente que se reparte entre los árabes de arriba y los negros de abajo), ni indios con turbantes, ni moros con pañuelos de cuadros en la cabeza, sino hombres y mujeres rubios de ojos claros o cetrinos de ojos muy oscuros, pero que en todos los casos vivían muy cerca de nosotros. Con esa guerra aprendimos a hablar de "daños colaterales" y nos horrorizamos con la precisión de los francotiradores que acechaban a quienes se aventuraban a salir de sus casas para buscar comida entre las ruinas de ciudades que un día no muy lejano fueron prósperas y tranquilas como las nuestras.

Recuerdo bien la tarde en que Encarnita, la profesora de Ciencias de mi colegio, llegó a clase con los ojos llenos de lágrimas: habían bombardeado la biblioteca de Sarajevo, que ella misma estuvo visitando junto a su amiga Leonor, la profesora de Literatura, durante sus últimas vacaciones, apenas un año antes de que estallara el conflicto. Aquel día todas lloramos un poco por los miles de libros que jamás se recuperarían de la barbarie.

Sin embargo, y a pesar de estos recuerdos, hasta hace tres o cuatro años no creí que la guerra de los Balcanes hubiese dejado una huella honda en mí (y eso que siempre me estremezco al escuchar el "Zombie" de los Cranberries). No lo creí... hasta que me puse a escribir un thriller sobrenatural ambientado en el Madrid de hoy en día y se coló en él un superviviente bosnio del genocidio serbio. Iba a ser un personaje secundario, pero poco a poco fue ganando envergadura hasta atreverse a empuñar el cetro del protagonista de la historia y obligarle a compartir su trono. 

Entonces, al ver las fotografías del cementerio de Sbrenica colgadas por Lola en su Facebook, me doy cuenta de que siempre ha estado ahí, agazapada en mi memoria, la imagen de un autobús lleno de niños evacuados por los cascos azules de la ONU que fue portada de los periódicos a principios de los años 90. En ella se ve a un pequeño rubio de ojos muy azules que no aparenta más de tres o cuatro años con la naricilla pegada en el cristal, y su mirada asustada y vacía al otro lado de la ventanilla hace mucho más que traspasar el vidrio. Ahora me doy cuenta de que ha estado ahí todo este tiempo, esperando pacientemente a que yo fuera capaz de trasladar al papel los demonios que aquella guerra despertó en mí. 
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