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Mastroianni, mon amour

publicado a la‎(s)‎ 13 sept. 2015 14:51 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 13 sept. 2015 15:06 ]
Él nunca lo supo, pero la mayor admiradora que jamás tuvo Marcello Mastroianni fue una gata siamesa. 

Cuando mi madre terminó la carrera apenas había mujeres veterinarias en España. Y como todos los que empiezan, comenzó haciendo lo que nadie quiere de la profesión. En su caso, clínica a domicilio. Poco a poco, con perseverancia, las cosas fueron mejorando. Los pacientes ambulantes se volvieron fijos y pudo abrir su propia consulta. En casa de sus padres, eso sí. Como todos los que empiezan.

Llevaba un tiempo ejerciendo cuando un propietario agradecido le hizo un maravilloso regalo: una gata siamesa de apenas un par de meses, hija de la madre a quien ella misma había tratado en varias ocasiones.

-Se la mandan mis niñas. Le han puesto Melissa -explicó el hombre, henchido de orgullo.

A mi madre le pareció un nombre muy cursi para una gatita tan hermosa, que miraba con curiosidad el mundo desde su cesta de mimbre con aquellos enormes ojos azules enmarcados por un antifaz oscuro, y decidió buscar algo más chic. Un nombre que corto y sonoro, que evocase elegancia y exotismo... Estuvo buscando unos días hasta que encontrar la inspiración, cómo no, en el cine. Nada menos que en el de Woody Allen, con su What's new Pussycat?

Exacto. A mediados de los años 60 los españoles apenas sabíamos inglés, y todavía faltaban muchos años para que La Novia de Tarantino hiciera resucitar su dedo gordo en el interior de "la coñoneta".



Pussy vivió muchos años con nosotros. Primero en el estudio de mi padre cuando mi madre y él aún eran novios, porque en casa de mis abuelos ya tenía tres perros de raza setter que odiaban a muerte a los gatos. Me consta que mi padre fue su primer amor. Luego, claro, vendría Marcello. 

Cuando salía a trabajar, le dejaba la persiana levantada para que se entretuviera mirando a los pájaros que se posaban en el alféizar. Por la noche, se sentaba con él a ver la televisión. Si había fútbol, trataba de cazar a los jugadores que corrían por la pantalla. Sólo con las almohadillas de las patas, como si temiera que aquellos muñequitos en movimiento pudieran deshacerse bajo sus zarpas.

Todo normal, hasta que llegó Marcello. En aquellos tiempos de cine en blanco y negro y televisores de tubo catódico, los gatos competían con la muñeca flamenca y el toro de Osborne por la posesión del monitor. Obviamente, los felinos tenían las de ganar. Pussy lo supo enseguida. Se tendía cuan larga era sobre la caja marrón de la ITT y de vez en cuando dejaba caer la cola por delante de la pantalla, indiferente ante las quejas de los espectadores, que veían interrumpida la sesión por un largo apéndice peludo de color chocolate que paseaba de derecha a izquierda como un limpiaparabrisas cachazudo. Un sábado noche, de esos de sofá y mantita en pareja sin niños ni moros en la costa, TVE emitió una película del galán italiano de moda, Marcello Mastroianni. Quizá La Dolce Vita o Divorcio a la italiana. No lo sé, yo aún no había nacido y mis padres nunca lo recordaban al contar la anécdota.

Lo que sí recordaban era cómo la gata descolgó la cabeza y no la cola al escuchar la voz de Marcello, y cómo se fue escurriendo poco a poco para contemplar al galán. En cuestión de segundos, Pussy había descendido de su particular Olimpo para quedar onnubilada delante del televisor, hipnotizada por el rostro de Mastroianni.

Mis padres contaban que cada vez que emitían alguna película del italiano, la gata repetía el ritual. Descolgaba la cabeza delante de la pantalla y, tras cerciorarse de que era él, se sentaba en primera fila a ver la película, con los bigotes a punto de rozar el televisor en un beso felino.  

Pussy y yo fuimos inseparables hasta el último día de su vida. Jugábamos a darnos suaves topezatos frente con frente y dormía hecha una rosca sobre mis piernas en cuanto me sentaba en el sofá. 

Siempre me dijeron que podía pasar horas junto a mi cuna mientras fui bebé, manteniendo a los tres perros setter a una distancia prudencial para que no me incomodasen con sus ruidos. Pero ese amor de hermana mayor no fue óbice para que siguiera adorando a mi padre. Ni para que siguiera cazando futbolistas en pantalla. Ni para que dejase de admirar la mirada penetrante y la media sonrisa seductora de Marcello Mastroianni


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