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Un sueño de Navidad

publicado a la‎(s)‎ 26 dic. 2014 13:33 por Nuria C. Botey

¿Te acuerdas de los tres fantasmas que visitaban al avaro Ebenezer Scrooge en "A Christmas Carol" de Dickens? A mí vino a visitarme uno de ellos a las 2:30 de la madrugada del 26 de diciembre. Sé a ciencia cierta que no era el de las Navidades pasadas y espero encarecidamente que no fuese el de las futuras, porque el cuento que me proponía resultaba de lo más inquietante.

Imagina la historia de una madre de cuarenta y tantos a quien su exmarido, miembro de una organización criminal, le advierte por teléfono que ha contratado a un sicario para liquidar a la hija preadolescente de ambos precisamente en el día que la chiquita cumple trece años, como venganza contra la madre. 

Presa del pánico y segura de que avisar a la policía no serviría de nada contra un hombre con los contactos de su ex, la mujer deja a su hija menor, ocho o diez años a lo sumo, a cargo de los abuelos y organiza una yincana en un enorme centro comercial abarrotado de gente a modo de celebración para tratar por todos los medios de despistar al asesino. Para no poner en peligro a ninguna otra niña, sólo invita a sus propias amigas, sin revelar a ninguna el verdadero motivo del acto por miedo a que las abandonen a su suerte cuando descubran la amenaza. 

Sería fácil describir a la niña, una muchachita pecosa y flaca de pelo castaño tirando a rojizo, que empieza la fiesta con un entusiasmo que poco a poco se va tornando enfado contra su madre porque no le deja terminar ninguna compra ni sentarse mucho rato a tomar una coca-cola, o que incluso le hace salir del cine a mitad de la película sin motivo aparente. 

Podría hablar de la mujer, bonita a pesar de los ojos tristes y las arrugas incipientes alrededor de los ojos o las comisuras de la boca, con un nudo en la garganta y manos temblorosas. También podría dibujar a cada una de las amigas que recorren el centro comercial con ella: la soltera deportista, vestida con chandal gris y zapatillas de marca, ávida de colaborar en la actividad propuesta; la mujer de negocios, todavía enfundada en su traje sastre y sus tacones porque su amiga ha ido a recogerla con urgencia al trabajo para celebrar el cumpleaños de su hija mayor de aquella forma tan ridícula; el ama de casa, madre de trillizos y antigua compañera de colegio con quien apenas conserva lazos en común, aunque experta en optimizar movimientos para recorrer los malls y sus tiendas con la máxima eficacia... 

Pero sobre todo podría describir al asesino. Un hombre joven, atractivo, fibroso y bien afeitado, capaz de mostrarse simpático y encantador para conseguir sus objetivoscomo buen psicópata que es. Seguro que David Tennant, el que fuera décimo Doctor Who, lo clavaría en el cine. 

Por desgracia, mi historia no tiene el final feliz y moralizador del clásico de Dickens. Aquí el asesino cumple con creces su cometido, porque no sólo secuestra y mata a la hija mayor, sino también a su hermana pequeña, a quien ha recoge de casa de los abuelos mediante engaños. Imagina lo que es compartir el punto de vista de la mujer que conduce el coche con sus amigas a bordo y descubrir los cuerpos de sus hijas, ahorcados de las vigas de una pérgola a la puerta de una casa de campo... 

Tras una persecución intensa, el único consuelo de la madre es conseguir que la policía detenga al asesino. Pero no tiene forma de incriminar al padre en los delitos y sabe que la organización donde milita se encargará de negociar una condena lo suficientemente suave para su brazo ejecutor. 

Y así, con ese ánimo, me he despertado esta madrugada.

Algunos amigos me han recomendado que venda los derechos de la historia un director de cine como Álex de la Iglesia o David Fincher, pero yo he preferido colgar el argumento en mi página web porque ya de antemano renuncio a escribir el guión de la película. Bastante tocada me ha dejado siendo un simple sueño, gracias.

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