Relatos

Vestida de corsario

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:32 por Nuria C. Botey

Cruzados sobre la tapa del buzón como las dos tibias de la bandera pirata, los zapatos de tacón desafían la mirada del transeúnte nocturno. "Uso exclusivo de Correos", reza la plaza desconchada, sobre la que se adivina la sombra de una pintada que no pudo borrarse por completo.

Miro esos zapatos abandonados e imagino a una mujer morena que ya no cumple los cuarenta, generosa de pecho y caderas, enfundada en un florido vestido de verano, quizá demasiado ajustado para su talla. Una mujer de aire resuelto, cansada de aguantar calambres en los pies y puñaladas en el alma para quien, una vez más, la noche se ha torcido. Como tantos otros, él también mentía en su perfil de Meetic y ella se acabó cansando de bailar salsa por compromiso y de aparentar ser más alta, más flaca, más risueña y más canalla de lo que realmente era.

Por eso rehusó su oferta de llevarla en coche a casa, a pesar de los pinchazos que subían desde la planta de los pies hasta los gemelos. Él insistió un par de veces, pero terminó por aceptar la negativa. Se despidieron con un beso de cortesía en la punta de los labios. Ella ni siquiera esperó a oír el ruido del motor para dar media vuelta y echar a andar. 

Una tajada de luna blanca destacaba en el cielo oscuro. Bajo la luz aséptica de la farola, la advertencia "Uso exclusivo de Correos" cobraba cierta prestancia. Asentó la correa del bolso en el hombro, apoyó la mano derecha en el buzón y se quitó los zapatos con la izquierda, exhalando un profundo suspiro de alivio por cada uno. Le pareció un bonito gesto dejarlos allí mismo, cruzados sobre la tapa como si volvieran a exhibirse en el escaparate de la tienda donde le aseguraron que eran comodísimos.

El pavimento de la calle es áspero y fresco. Por un instante siente cierta aprensión ante la idea de caminar descalza por el suelo sucio de la ciudad, donde tal vez no hace ni una hora que resbalaban los orines de algún perro, pero las señales de alivio que los dedos de los pies transmiten a su cerebro le hace desechar cualquier sombra de duda. Estira la espalda, endereza los hombros, levanta la barbilla y echa a andar, con los pechos enhiestos como la Jolly Roger del capitán Edward England.

Las flores de su vestido parecen esponjarse bajo la luz de la luna.



Hadas

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:20 por Nuria C. Botey

Poca gente lo sabe, pero hay hadas muy pequeñas con rostro y cuerpo de bebé. Son antiguas y peligrosas como la misma Muerte, pues primero te roban el corazón con su hechizo y luego lo convierten en diminutos trocitos de carbonilla, que usan para abonar los bosques más sombríos.

[Relato inspirado en la ilustración "Bebé fauno", creada por CalaveraDiablo]

La última reunión

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:20 por Nuria C. Botey

El joven Henry Keller caminaba deprisa, haciendo repicar la contera de su bastón en los adoquines húmedos de la calle. La última reunión.

Aunque Alfred y John se resistieran a aceptarlo, él lo sabía. Y también Charles. Tom seguramente no se lo habría planteado siquiera, teniendo en cuenta que apenas habían pasado veinticuatro horas desde la marcha del pequeño Peter. Pero sin ellos —Peter, Edward, Frank, George, William— el club carecía de sentido. A menos que la sesión de aquella noche tuviera éxito.

Henry sacudió la cabeza. Era demasiado hermoso para creerlo. Debían intentarlo, claro que sí, pero su mente racional no le permitía albergar demasiadas esperanzas.

La luz dorada del salón se filtraba por las cortinas cerradas cuando alcanzó Simenon's Manor. Tamborileó la señal convenida con la aldaba de la puerta y la doncella abrió con una reverencia.

— Buenas noches, Hettie — saludó a la mujer que custodiaba los secretos del club— ¿Ya están todos?
— Hasta los fotógrafos, señor Keller.

Diez sillas vacías dispuestas en una fila ocupaban el centro del salón. Un hombre calvo, enjuto y entrado en años trasteaba con las placas tras la cámara mientras otro, más joven pero de visible parecido con el anterior, hablaba con Alfred Simenon, el anfitrión.

— No, no. Los diez en una fila sola, no. Demasiado frío —razonaba—. Es mucho más cálido sentar a los cinco difuntos y ordenar a los deudos alrededor, ¿comprende?
— ¿Pero sería posible que cada uno posara junto a su... allegado? Primo con primo, tío con sobrino, ya sabe.

El heredero del imperio Keller sonrió con tristeza. Siempre las mismas mentiras, los mismos parentescos inventados para conferir una pátina de respetabilidad a aquello de lo que no se puede hablar.

— Alfred —saludó con una inclinación de cabeza, interrumpiendo la conversación.
— Ah, hola, Henry. Te presento al señor Taylor Jr. Él y su padre harán las fotografías.

El artista le estrechó una mano blanda y se dirigió a reorganizar las sillas.

— ¿Y los otros?
— Preparando a los chicos. Charles se ha ocupado de Will en tu ausencia.
— Gracias. Me fue imposible venir antes. Mi madre, ya sabes...
— Tranquilo, todo está listo.
— ¿Ya llegó el...?
— Si lo hizo, Hettie no me avisó.
— Entonces voy a ayudar a los muchachos.
— Creo que no será necesario.

John, Charlie y Tom entraban ya en el salón, acarreando tres cuerpos con ayuda de la doncella. Una comitiva estremecedora donde William, Frank y George eran los protagonistas. Vestidos y peinados como si hubieran reservado palco en la ópera, pero con los ojos vidriados y los miembros rígidos por los días pasados desde su deceso. Sin decir una palabra, Henry y Alfred corrieron a sentar a sus finados en los puestos indicados por los fotógrafos, que procedieron a sujetarlos mediante un intrincado sistema de poleas ocultas. En silencio, la criada y los tres hombres regresaron a por los dos restantes. Cuando volvió con Peter entre sus brazos, Tom apenas podía contener las lágrimas.

La escena no tardó en estar lista y los vivos se mezclaron con los muertos. Sujetándolo amorosamente contra su barbilla, Alfred consiguió mantener erguida la cabeza de Frank para que, en segunda fila, diera la impresión de estar asomado por entre los hombros de Tom y George. A su vez, Tom sostuvo a Peter sobre el hombro, mientras Henry se recostaba en William y Charles en Edward, formando una composición simétrica. John, siempre tan contenido en sus emociones, se limitó a apoyar su mano en la espalda de George desde la segunda fila, ayudando de paso a sostener a Will con el codo. Dedos entrelazados sobre las rodillas, gestos serios con un punto de melancolía nada más, para no desentonar con los rasgos fríos de la muerte.

Los fogonazos de nitrato de plata se sucedieron hasta que Hettie apareció en la puerta del salón con un hombre mediana estatura, pelo oscuro, cejas hirsutas, ojos penetrantes y barba de chivo.

— Bien, creo que debemos dar por terminada la sesión—anunció Alfred Simenon, abandonando su puesto—. Muchas gracias por todo, señores. Si tienen la amabilidad de acompañar a mi doncella, ella les abonará sus servicios.

Taylor Sr. siguió a la eficiente Hettie mientras su hijo quedaba a cargo de la recogida de los materiales, y los miembros en activo del club ponían en marcha su segunda tarea de la noche. Sin retirar a los difuntos de sus respectivas sillas, acarrearon el velador redondo hasta el centro de la sala y dispusieron los asientos a su alrededor, de manera que los finados alternaban su sitio con los vivos. En silencio, el recién llegado supervisaba los preparativos con mirada inquisitorial.

Cuando los fotógrafos abandonaron el salón, Charles y Tom bajaron la intensidad de las bujías hasta dejar la habitación en penumbra, mientras Alfred y John traían el tablero de madera, hermosamente tallado con números y letras. Todos tomaron asiento.

— ¿Qué parentesco guardan con los difuntos? —preguntó a Henry el hombre de la barba de chivo.
— ¿Para qué necesita saberlo?
— Los vínculos fuertes facilitan el contacto con el más allá. 
— Entonces no tendrá problemas para establecerlo.

El medium asintió. Era un hombre inteligente y aquellos caballeros habían pagado adelantado, así que no necesitaba seguir indagando.

— Cójanse de las manos y cierren los ojos —ordenó—. Vamos a empezar.

Henry Keller contuvo la respiración. Si tan sólo pudiera escuchar una vez más la voz de William, aunque fuera a través de la garganta de aquel individuo... La última reunión del club de caballeros nocturnos, al amparo de los muros de Simenon's Manor, protegidos del desprecio y del rechazo, a solas con sus iguales en la camaradería insinuada por los sonetos de viejo Whitman. Apretó con fuerza la mano rígida de Will, aún a sabiendas de que su gesto de complicidad nunca más encontraría respuesta.

El medium respiró hondo, echó la cabeza hacia atrás y comenzó a invocar a los finados por su nombre, uno a uno. Presas en sus fanales, las bujías a medio gas parpadearon, proyectando extrañas sombras alargadas sobre los adoquines húmedos de la calle.



Infiel

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:19 por Nuria C. Botey

Descubrió la mancha de pintalabios rojo el lunes por la mañana, al cargar la lavadora. Un beso de carmín estampado en su mejor pañuelo de seda. 

Quién lo hubiera dicho del señor Fernando, siempre educado y elegante, luciendo el anillo de casado en el dedo con sonrisa de actor de cine... Extendió la prenda sobre la encimera mientras buscaba algún producto para eliminar rastros indiscretos de telas delicadas, tan apurada que no se enteró de que él había entrado en la cocina hasta que le oyó susurrar:

- Guárdeme usted el secreto, por favor. Mi marido jamás lo entendería.

Una brillante ejecución

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:18 por Nuria C. Botey

Monsier Lefantou, dueño del teatro, estaba inquieto. 

No por la recaudación en taquilla, que era inmejorable. Y tampoco por el aforo, ruidoso y soez como de costumbre. Lo que le preocupaba era no saber nada de la obra.

¿Por qué Françoise Maurais, el director y actor principal, había puesto tanto empeño en ocultar el texto? Sin ensayos ni libreto para el joven Guillaume Sardeux, su compañero de función, todo quedaba a la improvisación del momento. Ahora la platea rugía ávida de sangre y horror, y él compartía su incertidumbre.

En cuanto se abrió el telón, todo sucedió muy deprisa. Maurais interpretaba a un peluquero y Sardeux a su cliente. Con ojos febriles, el primero sentó al segundo en una silla de barbero, le amarró las muñecas a los brazos del asiento y sacó una navaja afilada del bolsillo de su bata.

Sin apenas intercambio de frases, la sangre salpicó a las primeras filas cuando la hoja saltó de la mejilla al párpado y del párpado a la oreja del joven actor. Guillaume bordaba su papel de víctima, desgañitándose como un cerdo en el matadero.

El público chillaba enardecido. Un hombre vomitó en el pasillo. Una mujer gorda se desmayó encima del tipo sudoroso que la acompañaba.

Monsier Lefantou sonrió complacido antes de fijarse en aquella chiquilla que contemplaba la escena con entusiasmo. Su mirada irradiaba placer, sus puños prietos contra las mejillas sugerían la emoción contenida de quien disfruta con lo que ve.

Le costó reconocer a la hija menor de Maurais detrás de aquel rostro ojeroso y demacrado, de aquel vientre hinchado por preñez. La bonita Nicole Maurais, a quien Sardeux había cortejado meses atrás...

El dueño del teatro comprendió el alcance de lo que estaba viendo como para poder evitar que Françoise Maurais pusiera punto final a la obra rajando de oreja a oreja el cuello al actor que había deshonrado a su hija, mientras el público pateaba el suelo, silbaba y aplaudía festejando el espectáculo de la muerte. 

Frío en San Valentín

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:17 por Nuria C. Botey

Era el único día del año que le regalaba flores. Para los cumpleaños, aniversarios o fiestas de guardar reservaba detalles de otra clase, pero las flores pertenecían en exclusiva al catorce de febrero. Una docena de rosas de color rojo oscuro como las que salen en las películas, de esas que se van poniendo negras a medida que la savia se detiene en los tallos cercenados, por mucho que ella disolviera aspirinas en el agua porque una vez oyó decir en televisión que así se prolonga la vida de las flores cortadas.

Con picardía, la gitana del puesto callejero escogió las más abiertas hasta formar un hermoso ramo de vida efímera mientras parloteaba animadamente para distraer a su cliente, pero él no le prestó atención. Era un día gris y ventoso, de esos que invitan a ver pasar el invierno detrás de la ventana, y sin embargo allí estaba, cumpliendo con la tradición autoimpuesta como la misma alegría de los años anteriores. Aun a sabiendas de que no lo valían, pagó la docena de rosas sin discutir el precio y cruzó la puerta lateral del camposanto con su ofrenda de amor entre las manos arrugadas por el peso de la edad.

Poco importaba que Clara hubiera muerto seis años atrás a causa de una neumonía que se hizo fuerte en su organismo mermado por el Alzheimer. Federico era un hombre fiel a sus costumbres. Un romántico inveterado, un hombre chapado a la antigua de los que se especializan en el símbolo, por encima de las modas y los vaivenes del tiempo. El año pasado brillaba un solecito amable encima del nicho blanco donde ella descansaba. Hoy, sin embargo, el aire helado de la sierra cubierta de nieve hizo temblar sus manos desnudas cuando colocó el ramo en el pequeño jarrón de hierro que velaba su nombre.

Los nietos

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:16 por Nuria C. Botey

Cuando la abuelita murió, los nietos se encargaron de vaciar la casa antes de que llegaran los tasadores a poner un precio de venta que conviniera a todos los herederos.
Fue una tarea fácil: todo a la basura. La ropa, las cortinas, los muebles pequeños y las plantas secas. Para los trastos más grandes -electrodomésticos, sillones, armarios, colchones y cabeceros- una familia de chatarreros gitanos con su furgoneta renqueante.
Ni una duda, ni un ápice de nostalgia o de inquietud por la posible valía de aquellos enseres. Nadie se planteó que alguna de esas macetas secas pudiera albergar aún un rastro de vida, o que de esas telas con aroma a naftalina fuera posible sacar un nuevo patrón con aire vintage. Y nadie, por supuesto, imaginó que aquel palo tieso del tiesto desportillado pudiera ser en realidad una maravillosa orquídea rosa y blanca, que sólo necesitaba un poco de agua, un poco de luz y un poco de música de Bach a lo lejos para recuperar su esplendor.




ORIGEN DE ESTE CUENTO
Paseando un día por la calle, mi amigo el escritor José Luis Serrano (aka Elputo Jacktwist) encontró en la basura una maceta con un palo seco plantado en la tierra árida. Presa de un repentino síndrome de Diógenes, se llevó el fósil a su casa donde le proporcionó un poquito de agua con regularidad, algo de luz indirecta y bastante música de Bach. Unas semanas más tarde, recibía la grata sorpresa de ver el palo convertido en una delicada orquídea mariposa. 

Como es natural, aquel acontecimiento le hizo preguntarse quién podía estar tan loco para desprenderse de una planta así de hermosa sin intentar siquiera revivirla... Y yo le respondí con el microrrelato que acabas de leer.

El momento de irse a dormir

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:15 por Nuria C. Botey

Definitivamente, era el momento de irse a dormir.

Isabel no sentía sueño, pero iba notando poco a poco cómo se le hinchaban las piernas delante del ordenador mientras revisaba perezosamente su Facebook. Ah, esos pequeños placeres del embarazo... 

- Creo que me voy a acostar -anunció en voz alta, cerrando el programa.
- ¿Te encuentras bien? -preguntó Sergio, sin apartar la vista de la televisión.
- Sí, pero tengo las piernas hinchadas. En la cama estaré mejor.
- De acuerdo. Yo me quedo hasta que termine la película.

Isabel dio un rápido vistazo a la pantalla. Helen Mirren estaba guapísima haciendo de asesina a sueldo retirada que vuelve a la acción junto a Bruce Willis y John Malkovich.
 

Intercambió un beso rápido con su marido y apagó el portátil. No sentía sueño, pero cuando él entró en el dormitorio oscuro apenas tres cuartos de hora más tarde, ella dormía profundamente con los pies sobre un cojín de Mafalda. Sergio se desvistió sin ruido, se metió con cuidado bajo las sábanas y cerró los ojos. 

No fue la alarma del móvil, programada a las 6:50 am para llegar a tiempo al trabajo, lo que despertó a Isabel, sino aquella extraña sensación de inquietud y opresión en el pecho. A pesar de tener las piernas en alto, seguía sintiéndolas muy cargadas y doloridas. Dentro de la barriga, el feto que en unos meses sería su hija Natalia, se agitaba con vehemencia. Y según las manecillas fosforescentes de su reloj de pulsera, apenas eran las tres de la madrugada. 
 
Incapaz de rebajar la angustia por si sola, Isabel sacudió el brazo de Sergio buscando una ayuda que ella misma no sabía pedir. 

- ¿Nena? -acertó a murmurar él, con la boca pastosa.

Isabel quiso explicarse, pero el inconfundible sonido de la rueda del viejo teléfono que adornaba la pared del pasillo le cortó la respiración. Era un aparato de los tiempos de sus abuelos, desechado por su madre en favor de un terminal analógico que ella había reconvertido en elemento vintage de decoración, colgado de la pared como una cáscara hueca. Sólo que ahora alguien estaba marcando un número en esa rueda giratoria. Sergio también lo había oído.

- ¿Qué es eso? -preguntó entre dientes, presa de los nervios.
- ¡No lo sé! -reconoció ella, en un susurro de pánico.

Sin tiempo siquiera para moverse, Isabel vio a la sombra cruzar la puerta del dormitorio y pasar con decisión entre la cama y el armario. Parecía flotar en el aire, a pesar del sonido amortiguado de sus pisadas rodeando el colchón. Entonces sintió el contacto frío de unos dedos largos y fuertes alrededor de su tobillo derecho... Y se despertó con un gemido, esta vez de verdad.

Sergio respiraba tranquilo a su lado, sumido en la fase más profunda del sueño. Un silencio confortable reinaba en toda la casa y hasta su bebé parecía dormir confiado en su burbuja de líquido amniótico. Lentamente, Isabel recordó que el viejo teléfono negro llevaba años relegado al fondo del trastero de su madre, del que nunca había salido, y suspiró aliviada. Ignorando los latidos todavía apresurados de su propio corazón, dio media vuelta sobre su costado izquierdo, se arrimó al cuerpo caliente de su marido y cerró los ojos de nuevo.

A su espalda, dos pupilas incandescentes refulgieron con maldad en la habitación oscura.

Epitafio

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:14 por Nuria C. Botey



Lo cierto es que se casaron, pero nunca se quisieron. Lo hicieron como tantos otros, porque sí, porque tocaba. Sin estridencias ni alegría, con esa resignación callada de las bestias de carga, que transportan sus alforjas llenas de cosas útiles sin protestar. En este caso, una pareja de mellizos al descuido que hubo que regularizar a golpe de libro de familia para salvaguardar la honra malentendida.

Por suerte o por desgracia, la muerte cortó las ataduras apenas de dos años después de la boda. No así el rencor, fraguado a la lumbre de los días insulsos y de las noches de espalda contra espalda, con la excusa de no caer en el infierno de nuevos pañales indeseados.

Pero él necesitaba decírselo al mundo. Hacer saber a todos que jamás encontró calor entre aquellas piernas, por jóvenes que se hubieran ido al otro barrio. Se sentía estafado, burlado en su deseo más hondo. Necesitaba que todos comprendieran de quién era la culpa de su odio y de su desprecio. Que nunca lo olvidasen.

El marmolista se sorprendió por la crueldad del mensaje, pero la expresión de su malestar se redujo a cobrar la inscripción de la lápida por adelantado:

"AQUÍ YACE MI ESPOSA, FRÍA COMO SIEMPRE"

Los comentarios a espaldas del viudo corrieron por todo el pueblo. Inmune a las críticas, él los acalló dejando a los niños con sus padres y metiendo en casa una querida tras otra.

Tardó dos años en regresar al cementerio. Lo hizo una mañana soleada y fría de mediados de noviembre, sin poderse explicar qué extraño deseo le llevaba a visitar su tumba, a leer de nuevo las palabras sobre la piedra de granito que él mismo mandó grabar.

Estaba más limpia de lo que hubiera esperado, salvo por aquella inscripción escrita a mano con pintura roja, como un punto y aparte para su demoledor epitafio.

"MENTIRA" 

Y sobre la sepultura, una rosa blanca abierta en todo su esplendor.

Mañana

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:13 por Nuria C. Botey

Cuando salgas mañana de casa, nada presagiará lo que va a suceder. El cielo no aparecerá teñido de rojo sobre tu cabeza, ni los pájaros muertos asfaltarán las aceras; el aire contaminado de la ciudad seguirá siendo tan escasamente respirable como hoy o ayer, y los cementerios continuarán haciendo gala de su consabida paz.

Porque la trascendencia del día que se cierne inexorable sobre tu cabeza supera cualquier dote de adivinación. Así que cuando salgas mañana de casa, cuando cruces la calle, cuando te pares ante el coche, todo te parecerá igual que hoy. Igual que el día anterior.

Por eso abrirás el bolso para buscar las llaves con la misma vehemencia de siempre, e igual que hoy, igual que todos los días, no las encontrarás a la primera. Molesta, sumergirás entonces los ojos en la amalgama de cachivaches −pintalabios, monedero, kleenex, tampones, optalidón, bolígrafo− que se aglutina en su interior... Y en ese preciso momento, el cielo se volverá rojo. Los pájaros comenzarán a desplomarse a tu alrededor, tus pulmones se anegarán de un vacío irrespirable, y el estruendo de mil muertos agitando pancartas de bienvenida con tu nombre sacudirá los cementerios cuando el filo de mi hacha se incruste en tu espalda, en tu cuello, en tu cintura... 

Porque eres mía. Y porque esta es la única forma de que lo sigas siendo siempre.




Publicado por primera vez en Revista El Parnaso, volumen 2.
Actualmente, se incluye en el libro "Mosquitos en tu alcoba"

EL ORIGEN DE ESTE RELATO

"Mañana" surge de un suceso que conmocionó a la sociedad española en el año 2003: el asesinato de una mujer a manos de su ex-marido, que la esperó tras una columna del parking donde ella solía aparcar para acabar con su vida a golpes de hacha. 

Este cuento es una versión libre del terrible homicidio, que escribí a modo de catarsis. La narración en futuro simple y segunda persona pretende conferir un tono apocalíptico al texto, como admonición imposible de eludir.

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