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El momento de irse a dormir

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:15 por Nuria C. Botey

Definitivamente, era el momento de irse a dormir.

Isabel no sentía sueño, pero iba notando poco a poco cómo se le hinchaban las piernas delante del ordenador mientras revisaba perezosamente su Facebook. Ah, esos pequeños placeres del embarazo... 

- Creo que me voy a acostar -anunció en voz alta, cerrando el programa.
- ¿Te encuentras bien? -preguntó Sergio, sin apartar la vista de la televisión.
- Sí, pero tengo las piernas hinchadas. En la cama estaré mejor.
- De acuerdo. Yo me quedo hasta que termine la película.

Isabel dio un rápido vistazo a la pantalla. Helen Mirren estaba guapísima haciendo de asesina a sueldo retirada que vuelve a la acción junto a Bruce Willis y John Malkovich.
 

Intercambió un beso rápido con su marido y apagó el portátil. No sentía sueño, pero cuando él entró en el dormitorio oscuro apenas tres cuartos de hora más tarde, ella dormía profundamente con los pies sobre un cojín de Mafalda. Sergio se desvistió sin ruido, se metió con cuidado bajo las sábanas y cerró los ojos. 

No fue la alarma del móvil, programada a las 6:50 am para llegar a tiempo al trabajo, lo que despertó a Isabel, sino aquella extraña sensación de inquietud y opresión en el pecho. A pesar de tener las piernas en alto, seguía sintiéndolas muy cargadas y doloridas. Dentro de la barriga, el feto que en unos meses sería su hija Natalia, se agitaba con vehemencia. Y según las manecillas fosforescentes de su reloj de pulsera, apenas eran las tres de la madrugada. 
 
Incapaz de rebajar la angustia por si sola, Isabel sacudió el brazo de Sergio buscando una ayuda que ella misma no sabía pedir. 

- ¿Nena? -acertó a murmurar él, con la boca pastosa.

Isabel quiso explicarse, pero el inconfundible sonido de la rueda del viejo teléfono que adornaba la pared del pasillo le cortó la respiración. Era un aparato de los tiempos de sus abuelos, desechado por su madre en favor de un terminal analógico que ella había reconvertido en elemento vintage de decoración, colgado de la pared como una cáscara hueca. Sólo que ahora alguien estaba marcando un número en esa rueda giratoria. Sergio también lo había oído.

- ¿Qué es eso? -preguntó entre dientes, presa de los nervios.
- ¡No lo sé! -reconoció ella, en un susurro de pánico.

Sin tiempo siquiera para moverse, Isabel vio a la sombra cruzar la puerta del dormitorio y pasar con decisión entre la cama y el armario. Parecía flotar en el aire, a pesar del sonido amortiguado de sus pisadas rodeando el colchón. Entonces sintió el contacto frío de unos dedos largos y fuertes alrededor de su tobillo derecho... Y se despertó con un gemido, esta vez de verdad.

Sergio respiraba tranquilo a su lado, sumido en la fase más profunda del sueño. Un silencio confortable reinaba en toda la casa y hasta su bebé parecía dormir confiado en su burbuja de líquido amniótico. Lentamente, Isabel recordó que el viejo teléfono negro llevaba años relegado al fondo del trastero de su madre, del que nunca había salido, y suspiró aliviada. Ignorando los latidos todavía apresurados de su propio corazón, dio media vuelta sobre su costado izquierdo, se arrimó al cuerpo caliente de su marido y cerró los ojos de nuevo.

A su espalda, dos pupilas incandescentes refulgieron con maldad en la habitación oscura.

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