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Epitafio

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:14 por Nuria C. Botey



Lo cierto es que se casaron, pero nunca se quisieron. Lo hicieron como tantos otros, porque sí, porque tocaba. Sin estridencias ni alegría, con esa resignación callada de las bestias de carga, que transportan sus alforjas llenas de cosas útiles sin protestar. En este caso, una pareja de mellizos al descuido que hubo que regularizar a golpe de libro de familia para salvaguardar la honra malentendida.

Por suerte o por desgracia, la muerte cortó las ataduras apenas de dos años después de la boda. No así el rencor, fraguado a la lumbre de los días insulsos y de las noches de espalda contra espalda, con la excusa de no caer en el infierno de nuevos pañales indeseados.

Pero él necesitaba decírselo al mundo. Hacer saber a todos que jamás encontró calor entre aquellas piernas, por jóvenes que se hubieran ido al otro barrio. Se sentía estafado, burlado en su deseo más hondo. Necesitaba que todos comprendieran de quién era la culpa de su odio y de su desprecio. Que nunca lo olvidasen.

El marmolista se sorprendió por la crueldad del mensaje, pero la expresión de su malestar se redujo a cobrar la inscripción de la lápida por adelantado:

"AQUÍ YACE MI ESPOSA, FRÍA COMO SIEMPRE"

Los comentarios a espaldas del viudo corrieron por todo el pueblo. Inmune a las críticas, él los acalló dejando a los niños con sus padres y metiendo en casa una querida tras otra.

Tardó dos años en regresar al cementerio. Lo hizo una mañana soleada y fría de mediados de noviembre, sin poderse explicar qué extraño deseo le llevaba a visitar su tumba, a leer de nuevo las palabras sobre la piedra de granito que él mismo mandó grabar.

Estaba más limpia de lo que hubiera esperado, salvo por aquella inscripción escrita a mano con pintura roja, como un punto y aparte para su demoledor epitafio.

"MENTIRA" 

Y sobre la sepultura, una rosa blanca abierta en todo su esplendor.
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