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Frío en San Valentín

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:17 por Nuria C. Botey
Era el único día del año que le regalaba flores. Para los cumpleaños, aniversarios o fiestas de guardar reservaba detalles de otra clase, pero las flores pertenecían en exclusiva al catorce de febrero. Una docena de rosas de color rojo oscuro como las que salen en las películas, de esas que se van poniendo negras a medida que la savia se detiene en los tallos cercenados, por mucho que ella disolviera aspirinas en el agua porque una vez oyó decir en televisión que así se prolonga la vida de las flores cortadas.

Con picardía, la gitana del puesto callejero escogió las más abiertas hasta formar un hermoso ramo de vida efímera mientras parloteaba animadamente para distraer a su cliente, pero él no le prestó atención. Era un día gris y ventoso, de esos que invitan a ver pasar el invierno detrás de la ventana, y sin embargo allí estaba, cumpliendo con la tradición autoimpuesta como la misma alegría de los años anteriores. Aun a sabiendas de que no lo valían, pagó la docena de rosas sin discutir el precio y cruzó la puerta lateral del camposanto con su ofrenda de amor entre las manos arrugadas por el peso de la edad.

Poco importaba que Clara hubiera muerto seis años atrás a causa de una neumonía que se hizo fuerte en su organismo mermado por el Alzheimer. Federico era un hombre fiel a sus costumbres. Un romántico inveterado, un hombre chapado a la antigua de los que se especializan en el símbolo, por encima de las modas y los vaivenes del tiempo. El año pasado brillaba un solecito amable encima del nicho blanco donde ella descansaba. Hoy, sin embargo, el aire helado de la sierra cubierta de nieve hizo temblar sus manos desnudas cuando colocó el ramo en el pequeño jarrón de hierro que velaba su nombre.
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