Relatos

Cuentos breves, inspirados en noticias del periódico, imágenes perdidas en la web o conversaciones escuchadas a medias en la parada del autobús.

Maldito

publicado a la‎(s)‎ 18 oct. 2015 2:58 por Nuria C. Botey

Para Charly y Sol, suministradores de inspiración.


El árbol maldito soñaba con tener su propio ahorcado.


Daba igual que fuera hombre o mujer, que estuviera en la flor de la vida o al borde de la decrepitud; fantaseaba con sentir el tirón de la caída al vacío, el peso del cuerpo muerto balanceándose entre sus ramas, las peleas de los cuervos por sus despojos. Desde el amanecer hasta la puesta de sol, esperaba ansioso el inequívoco roce de la soga que anunciaría el acontecimiento.

Pero el ahorcado nunca llegaba.

Un buen día, el descampado yermo donde hundía sus raíces se convirtió en un hervidero de actividad cuando los obreros vallaron el perímetro del solar y metieron las excavadoras. Los cuervos huyeron del estruendo de motores entre graznidos mientras los socavones se convertían en cimientos y los cimientos en casas. 
De la noche a la mañana, un batallón de jardineros cercó parterres, roturó la tierra, esparció el mantillo e instaló un complejo sistema de riego por goteo. En cuestión de unos meses, el árbol maldito se encontró conviviendo entre esbeltos aligustres y exuberantes glicinias moradas en una urbanización de adosados. El riego y el abono fortalecieron sus raíces y la savia nueva llenó sus ramas de brotes verdes con los primeros calores de primavera. Las palomas torcaces, esbeltas y estúpidas, ocuparon el sitio dejado por los cuervos y el árbol comprendió con amargura que ya nunca tendría su ahorcado.

Hasta aquella mañana en que sintió el inequívoco roce la soga en su corteza. No era un hombre, sino dos. Y no parecían pesarosos ni atribulados mientras pasaban un par de cuerdas fuertes alrededor de la rama más gruesa, charlando animados sobre el tiempo, los niños y las piernas de la vecina del último chalet. Cuando las cuerdas estuvieron bien tensas, colgaron el neumático y contemplaron el resultado de su labor.

No, nunca tendría su ahorcado, pero ahora cabía la posibilidad de que algún mocoso se partiera el cuello al caer del columpio.


Tatuaje

publicado a la‎(s)‎ 10 oct. 2015 14:21 por Nuria C. Botey

La pelirroja entró en el estudio cuando Big Johnny estaba a punto de hincar el diente a un donut glaseado.

Cintura estrecha, caderas rotundas, andar de mujer vencida por unos zapatos de tacón demasiado alto. Se quitó la camiseta sin tomarse la molestia de saludar, montó a horcajadas sobre la silla y apoyó los codos en el respaldo.

- Quiero un ancla. Un ancla cubierta de algas y herrumbre, como mi corazón - ordenó con suavidad.

Big Johnny dejó el donut en la mesa, cogió su máquina de tatuar y se sentó frente la espalda de la joven, como un pobre náufrago en la isla de las sirenas.

Inked Ariel - The Art of Santana
[Inked Ariel - The Art of Santana]

El lagarto

publicado a la‎(s)‎ 3 oct. 2015 13:11 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 15:11 ]

A Federico, el artista, el amigo.

Un día el lagarto dejó de llorar. No por enmendar la plana al poeta, ni mucho menos por recomendación de un terapeuta. 
Simplemente se quitó el delantarito blanco, secó en él sus lágrimas de saurio y echó a andar.

La lagarta, más amiga del drama, le afeó el gesto. Al fin y al cabo, estaban allí para eso. El lagarto se encogió de hombros y se limitó a reconocer que ya no lamentaba haber perdido los anillitos de plomo. En realidad, no estaba seguro de haberlo lamentado nunca.


- Exigencias del guión -se disculpó, antes de perderse tras una esquina.


Los hipos y gemidos de la lagarta acompañaron sus pasos hasta que la ciudad no fue más que un borrón a su espalda. En el campo, el lagarto llenó los pulmones con el olor a pino y hierba seca de finales del verano. 

El sol ya no era aquel capitán orgulloso de chaleco de raso que él recordaba, sino un viejo malcarado que trataba de tostar la piel a los labriegos sin el éxito de antaño. No había ningún globo en el que subir y los pájaros volaban libres.

Satisfecho, el lagarto sonrió por primera vez en muchos años y saboreó el aire con su lengua bífida.

Vestida de corsario

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:54 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 14:30 ]

Cruzados sobre la tapa del buzón como las dos tibias de la bandera pirata, los zapatos de tacón desafían la mirada del transeúnte nocturno. "Uso exclusivo de Correos", reza la plaza desconchada, sobre la que se adivina la sombra de una pintada que no pudo borrarse por completo.

Miro esos zapatos abandonados e imagino a una mujer morena que ya no cumple los cuarenta, generosa de pecho y caderas, enfundada en un florido vestido de verano, quizá demasiado ajustado para su talla. Una mujer de aire resuelto, cansada de aguantar calambres en los pies y puñaladas en el alma para quien, una vez más, la noche se ha torcido. Como tantos otros, él también mentía en su perfil de Meetic y ella se acabó cansando de bailar salsa por compromiso y de aparentar ser más alta, más flaca, más risueña y más canalla de lo que realmente era.

Por eso rehusó su oferta de llevarla en coche a casa, a pesar de los pinchazos que subían desde la planta de los pies hasta los gemelos. Él insistió un par de veces, pero terminó por aceptar la negativa. Se despidieron con un beso de cortesía en la punta de los labios. Ella ni siquiera esperó a oír el ruido del motor para dar media vuelta y echar a andar. 

Una tajada de luna blanca destacaba en el cielo oscuro. Bajo la luz aséptica de la farola, la advertencia "Uso exclusivo de Correos" cobraba cierta prestancia. Asentó la correa del bolso en el hombro, apoyó la mano derecha en el buzón y se quitó los zapatos con la izquierda, exhalando un profundo suspiro de alivio por cada uno. Le pareció un bonito gesto dejarlos allí mismo, cruzados sobre la tapa como si volvieran a exhibirse en el escaparate de la tienda donde le aseguraron que eran comodísimos.

El pavimento de la calle era áspero y fresco. Por un instante sintió cierta aprensión ante la idea de caminar descalza por el suelo sucio de la ciudad, donde tal vez no hacía una hora que resbalaban los orines de algún perro, pero las señales de alivio que los dedos de los pies enviaban a su cerebro le hizo desechar cualquier sombra de duda. 

Estiró la espalda, enderezó los hombros, levantó la barbilla y echó a andar, con los pechos enhiestos como la Jolly Roger del capitán Edward England. 

Las flores de su vestido parecían esponjarse bajo la luz de la luna.


Una brillante ejecución

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:50 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 15:05 ]

Monsier Lefantou, dueño del teatro, estaba inquieto. 

No por la recaudación en taquilla, que era inmejorable. Y tampoco por el aforo, ruidoso y soez como de costumbre. Lo que le preocupaba era no saber nada de la obra.

¿Por qué Françoise Maurais, el director y actor principal, había puesto tanto empeño en ocultar el texto? Sin ensayos ni libreto para el joven Guillaume Sardeux, su compañero de función, todo quedaba a la improvisación del momento. Ahora la platea rugía ávida de sangre y horror, y él compartía su incertidumbre.

En cuanto se abrió el telón, todo sucedió muy deprisa. Maurais interpretaba a un peluquero y Sardeux a su cliente. Con ojos febriles, el primero sentó al segundo en una silla de barbero, le amarró las muñecas a los brazos del asiento y sacó una navaja afilada del bolsillo de su bata.

Sin apenas intercambio de frases, la sangre salpicó a las primeras filas cuando la hoja saltó de la mejilla al párpado y del párpado a la oreja del joven actor. Guillaume bordaba su papel de víctima, desgañitándose como un cerdo en el matadero.

El público chillaba enardecido. Un hombre vomitó en el pasillo. Una mujer gorda se desmayó encima del tipo sudoroso que la acompañaba.

Monsier Lefantou sonrió complacido antes de fijarse en aquella chiquilla que contemplaba la escena con entusiasmo. Su mirada irradiaba placer, sus puños prietos contra las mejillas sugerían la emoción contenida de quien disfruta con lo que ve.

Le costó reconocer a la hija menor de Maurais detrás de aquel rostro ojeroso y demacrado, de aquel vientre hinchado por preñez. La bonita Nicole Maurais, a quien Sardeux había cortejado meses atrás...

El dueño del teatro comprendió el alcance de lo que estaba viendo como para poder evitar que Françoise Maurais pusiera punto final a la obra rajando de oreja a oreja el cuello al actor que había deshonrado a su hija, mientras el público pateaba el suelo, silbaba y aplaudía festejando el espectáculo de la muerte. 


Oficina de cambio

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:49 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 15:11 ]

La cifra se expande y sube como globo de aire caliente hasta escapar de la vista. Por encima de los Andes, ya no hay techo que la detenga. Dos mil quinientos. Dos mil quinientos cincuenta. Dos mil seiscientos diez.

Los pies clavados en el suelo, entre un cogote moreno y chaparro que suda tinta china, y el par de ojos castaños y desbordados (como los tuyos) que guardan su turno tras de ti, grapados (como los tuyos) a ese horror vacui de la cifra que se dispara. Dos mil seiscientos diez sucres equivalen a un dólar. 

Tres pasos, respiración contenida, dígitos rojos sobre fondo negro que giran como derviches y repican a difunto, volando en círculos redondos igual que las águilas humanas del Totonacapán. 


Tres pasos, dos mil seiscientos cuarenta y cinco sucres... Un dólar. Inflación del 107%. Descenso del PIB en un 7’3%. Tres pasos, dos mil seiscientos cincuenta y tres sucres... Y el mismo dólar. ¿Quién pagó al signo igual por decir que un número vale lo mismo que cuatro? Porque si fue el emblema del Tío Sam que ese uno lleva como escudero, tras los dos mil seiscientos muchos miles en un momentito le puedo yo poner las caras, las miserias y las hambres de todos los hijos de mi ciudad. ¿Y cuál es la solución?

La solución... Esperar amarrado a la cola en la Oficina de Cambio. De cambio, de cambio, me cambio. Me cambio de oficina, me cambio de barrio, me cambio de patria, me cambio de vida. Me cambio de piel. Dispense, ¿me dice la cola para cambiarse de mundo? No importa si se mueve más lento que ésta, o si no avanza ni tantito. No importa, porque para morir de asco y tristeza, me sobra el tiempo.


[Relato finalista en el Certamen Internacional Art Nalón Letras 2004]

Mañana

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:49 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 14:30 ]

Cuando salgas mañana de casa, nada presagiará lo que va a suceder. El cielo no aparecerá teñido de rojo sobre tu cabeza, ni los pájaros muertos asfaltarán las aceras; el aire contaminado de la ciudad seguirá siendo tan escasamente respirable como hoy o ayer, y los cementerios continuarán haciendo gala de su consabida paz.

Porque la trascendencia del día que se cierne inexorable sobre tu cabeza supera cualquier dote de adivinación. Así que cuando salgas mañana de casa, cuando cruces la calle, cuando te pares ante el coche, todo te parecerá igual que hoy. Igual que el día anterior.

Por eso abrirás el bolso para buscar las llaves con la misma vehemencia de siempre, e igual que hoy, igual que todos los días, no las encontrarás a la primera. Molesta, sumergirás entonces los ojos en la amalgama de cachivaches −pintalabios, monedero, kleenex, tampones, optalidón, bolígrafo− que se aglutina en su interior... Y en ese preciso momento, el cielo se volverá rojo. Los pájaros comenzarán a desplomarse a tu alrededor, tus pulmones se anegarán de un vacío irrespirable, y el estruendo de mil muertos agitando pancartas de bienvenida con tu nombre sacudirá los cementerios cuando el filo de mi hacha se incruste en tu espalda, en tu cuello, en tu cintura... 

Porque eres mía. Y porque esta es la única forma de que lo sigas siendo siempre.


[Publicado por primera vez en Revista El Parnaso, volumen 2.
Actualmente, se incluye en el libro "Mosquitos en tu alcoba"]

EL ORIGEN DE ESTE RELATO

"Mañana" surge de un suceso que conmocionó a la sociedad española en el año 2003: el asesinato de una mujer a manos de su ex-marido, que la esperó tras una columna del parking donde ella solía aparcar para acabar con su vida a golpes de hacha. Este cuento es una versión libre del terrible homicidio, que escribí a modo de catarsis. La narración en futuro simple y segunda persona pretende conferir un tono apocalíptico al texto, como admonición imposible de eludir.

Los nietos

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:48 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 14:38 ]

Cuando la abuelita murió, los nietos se encargaron de vaciar la casa antes de que llegaran los tasadores a poner un precio de venta que conviniera a todos los herederos.

Fue una tarea fácil: todo a la basura. La ropa, las cortinas, los muebles pequeños y las plantas secas. Para los trastos más grandes -electrodomésticos, sillones, armarios, colchones y cabeceros- una familia de chatarreros gitanos con su furgoneta renqueante.

Ni una duda, ni un ápice de nostalgia o de inquietud por la posible valía de aquellos enseres. Nadie se planteó que alguna de esas macetas secas pudiera albergar aún un rastro de vida, o que de esas telas con aroma a naftalina fuera posible sacar un nuevo patrón con aire vintage. Y nadie, por supuesto, imaginó que aquel palo tieso del tiesto desportillado pudiera ser en realidad una maravillosa orquídea rosa y blanca, que sólo necesitaba un poco de agua, un poco de luz y un poco de música de Bach a lo lejos para recuperar su esplendor.

La última reunión

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:47 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 14:59 ]

El joven Henry Keller caminaba deprisa, haciendo repicar la contera de su bastón en los adoquines húmedos de la calle. La última reunión.

Aunque Alfred y John se resistieran a aceptarlo, él lo sabía. Y también Charles. Tom seguramente no se lo habría planteado siquiera, teniendo en cuenta que apenas habían pasado veinticuatro horas desde la marcha del pequeño Peter. Pero sin ellos —Peter, Edward, Frank, George, William— el club carecía de sentido. A menos que la sesión de aquella noche tuviera éxito.

Henry sacudió la cabeza. Era demasiado hermoso para creerlo. Debían intentarlo, claro que sí, pero su mente racional no le permitía albergar demasiadas esperanzas.

La luz dorada del salón se filtraba por las cortinas cerradas cuando alcanzó Simenon's Manor. Tamborileó la señal convenida con la aldaba de la puerta y la doncella abrió con una reverencia.

— Buenas noches, Hettie — saludó a la mujer que custodiaba los secretos del club— ¿Ya están todos?
— Hasta los fotógrafos, señor Keller.

Diez sillas vacías dispuestas en una fila ocupaban el centro del salón. Un hombre calvo, enjuto y entrado en años trasteaba con las placas tras la cámara mientras otro, más joven pero de visible parecido con el anterior, hablaba con Alfred Simenon, el anfitrión.

— No, no. Los diez en una fila sola, no. Demasiado frío —razonaba—. Es mucho más cálido sentar a los cinco difuntos y ordenar a los deudos alrededor, ¿comprende?
— ¿Pero sería posible que cada uno posara junto a su... allegado? Primo con primo, tío con sobrino, ya sabe.

El heredero del imperio Keller sonrió con tristeza. Siempre las mismas mentiras, los mismos parentescos inventados para conferir una pátina de respetabilidad a aquello de lo que no se puede hablar.

— Alfred —saludó con una inclinación de cabeza, interrumpiendo la conversación.
— Ah, hola, Henry. Te presento al señor Taylor Jr. Él y su padre harán las fotografías.

El artista le estrechó una mano blanda y se dirigió a reorganizar las sillas.

— ¿Y los otros?
— Preparando a los chicos. Charles se ha ocupado de Will en tu ausencia.
— Gracias. Me fue imposible venir antes. Mi madre, ya sabes...
— Tranquilo, todo está listo.
— ¿Ya llegó el...?
— Si lo hizo, Hettie no me avisó.
— Entonces voy a ayudar a los muchachos.
— Creo que no será necesario.

John, Charlie y Tom entraban ya en el salón, acarreando tres cuerpos con ayuda de la doncella. Una comitiva estremecedora donde William, Frank y George eran los protagonistas. Vestidos y peinados como si hubieran reservado palco en la ópera, pero con los ojos vidriados y los miembros rígidos por los días pasados desde su deceso. Sin decir una palabra, Henry y Alfred corrieron a sentar a sus finados en los puestos indicados por los fotógrafos, que procedieron a sujetarlos mediante un intrincado sistema de poleas ocultas. En silencio, la criada y los tres hombres regresaron a por los dos restantes. Cuando volvió con Peter entre sus brazos, Tom apenas podía contener las lágrimas.

La escena no tardó en estar lista y los vivos se mezclaron con los muertos. Sujetándolo amorosamente contra su barbilla, Alfred consiguió mantener erguida la cabeza de Frank para que, en segunda fila, diera la impresión de estar asomado por entre los hombros de Tom y George. A su vez, Tom sostuvo a Peter sobre el hombro, mientras Henry se recostaba en William y Charles en Edward, formando una composición simétrica. John, siempre tan contenido en sus emociones, se limitó a apoyar su mano en la espalda de George desde la segunda fila, ayudando de paso a sostener a Will con el codo. Dedos entrelazados sobre las rodillas, gestos serios con un punto de melancolía nada más, para no desentonar con los rasgos fríos de la muerte.

Los fogonazos de nitrato de plata se sucedieron hasta que Hettie apareció en la puerta del salón con un hombre mediana estatura, pelo oscuro, cejas hirsutas, ojos penetrantes y barba de chivo.

— Bien, creo que debemos dar por terminada la sesión—anunció Alfred Simenon, abandonando su puesto—. Muchas gracias por todo, señores. Si tienen la amabilidad de acompañar a mi doncella, ella les abonará sus servicios.

Taylor Sr. siguió a la eficiente Hettie mientras su hijo quedaba a cargo de la recogida de los materiales, y los miembros en activo del club ponían en marcha su segunda tarea de la noche. Sin retirar a los difuntos de sus respectivas sillas, acarrearon el velador redondo hasta el centro de la sala y dispusieron los asientos a su alrededor, de manera que los finados alternaban su sitio con los vivos. En silencio, el recién llegado supervisaba los preparativos con mirada inquisitorial.

Cuando los fotógrafos abandonaron el salón, Charles y Tom bajaron la intensidad de las bujías hasta dejar la habitación en penumbra, mientras Alfred y John traían el tablero de madera, hermosamente tallado con números y letras. Todos tomaron asiento.

— ¿Qué parentesco guardan con los difuntos? —preguntó a Henry el hombre de la barba de chivo.
— ¿Para qué necesita saberlo?
— Los vínculos fuertes facilitan el contacto con el más allá. 
— Entonces no tendrá problemas para establecerlo.

El medium asintió. Era un hombre inteligente y aquellos caballeros habían pagado adelantado, así que no necesitaba seguir indagando.

— Cójanse de las manos y cierren los ojos —ordenó—. Vamos a empezar.

Henry Keller contuvo la respiración. Si tan sólo pudiera escuchar una vez más la voz de William, aunque fuera a través de la garganta de aquel individuo... La última reunión del club de caballeros nocturnos, al amparo de los muros de Simenon's Manor, protegidos del desprecio y del rechazo, a solas con sus iguales en la camaradería insinuada por los sonetos de viejo Whitman. Apretó con fuerza la mano rígida de Will, aún a sabiendas de que su gesto de complicidad nunca más encontraría respuesta.

El medium respiró hondo, echó la cabeza hacia atrás y comenzó a invocar a los finados por su nombre, uno a uno. Presas en sus fanales, las bujías a medio gas parpadearon, proyectando extrañas sombras alargadas sobre los adoquines húmedos de la calle.



Infiel

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:47 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 15:17 ]

Descubrió la mancha de pintalabios rojo el lunes por la mañana, al cargar la lavadora. Un beso de carmín estampado en su mejor pañuelo de seda. 



Quién lo hubiera dicho del señor Fernando, siempre educado y elegante, luciendo el anillo de casado en el dedo con sonrisa de actor de cine... Extendió la prenda sobre la encimera mientras buscaba algún producto para eliminar rastros indiscretos de telas delicadas, tan apurada que no se enteró de que él había entrado en la cocina hasta que le oyó susurrar:



- Guárdeme usted el secreto, por favor. Mi marido jamás lo entendería.

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