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El lagarto

publicado a la‎(s)‎ 3 oct. 2015 13:11 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 15:11 ]
A Federico, el artista, el amigo.

Un día el lagarto dejó de llorar. No por enmendar la plana al poeta, ni mucho menos por recomendación de un terapeuta. 
Simplemente se quitó el delantarito blanco, secó en él sus lágrimas de saurio y echó a andar.

La lagarta, más amiga del drama, le afeó el gesto. Al fin y al cabo, estaban allí para eso. El lagarto se encogió de hombros y se limitó a reconocer que ya no lamentaba haber perdido los anillitos de plomo. En realidad, no estaba seguro de haberlo lamentado nunca.


- Exigencias del guión -se disculpó, antes de perderse tras una esquina.


Los hipos y gemidos de la lagarta acompañaron sus pasos hasta que la ciudad no fue más que un borrón a su espalda. En el campo, el lagarto llenó los pulmones con el olor a pino y hierba seca de finales del verano. 

El sol ya no era aquel capitán orgulloso de chaleco de raso que él recordaba, sino un viejo malcarado que trataba de tostar la piel a los labriegos sin el éxito de antaño. No había ningún globo en el que subir y los pájaros volaban libres.

Satisfecho, el lagarto sonrió por primera vez en muchos años y saboreó el aire con su lengua bífida.

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