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La última reunión

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:47 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 14:59 ]
El joven Henry Keller caminaba deprisa, haciendo repicar la contera de su bastón en los adoquines húmedos de la calle. La última reunión.

Aunque Alfred y John se resistieran a aceptarlo, él lo sabía. Y también Charles. Tom seguramente no se lo habría planteado siquiera, teniendo en cuenta que apenas habían pasado veinticuatro horas desde la marcha del pequeño Peter. Pero sin ellos —Peter, Edward, Frank, George, William— el club carecía de sentido. A menos que la sesión de aquella noche tuviera éxito.

Henry sacudió la cabeza. Era demasiado hermoso para creerlo. Debían intentarlo, claro que sí, pero su mente racional no le permitía albergar demasiadas esperanzas.

La luz dorada del salón se filtraba por las cortinas cerradas cuando alcanzó Simenon's Manor. Tamborileó la señal convenida con la aldaba de la puerta y la doncella abrió con una reverencia.

— Buenas noches, Hettie — saludó a la mujer que custodiaba los secretos del club— ¿Ya están todos?
— Hasta los fotógrafos, señor Keller.

Diez sillas vacías dispuestas en una fila ocupaban el centro del salón. Un hombre calvo, enjuto y entrado en años trasteaba con las placas tras la cámara mientras otro, más joven pero de visible parecido con el anterior, hablaba con Alfred Simenon, el anfitrión.

— No, no. Los diez en una fila sola, no. Demasiado frío —razonaba—. Es mucho más cálido sentar a los cinco difuntos y ordenar a los deudos alrededor, ¿comprende?
— ¿Pero sería posible que cada uno posara junto a su... allegado? Primo con primo, tío con sobrino, ya sabe.

El heredero del imperio Keller sonrió con tristeza. Siempre las mismas mentiras, los mismos parentescos inventados para conferir una pátina de respetabilidad a aquello de lo que no se puede hablar.

— Alfred —saludó con una inclinación de cabeza, interrumpiendo la conversación.
— Ah, hola, Henry. Te presento al señor Taylor Jr. Él y su padre harán las fotografías.

El artista le estrechó una mano blanda y se dirigió a reorganizar las sillas.

— ¿Y los otros?
— Preparando a los chicos. Charles se ha ocupado de Will en tu ausencia.
— Gracias. Me fue imposible venir antes. Mi madre, ya sabes...
— Tranquilo, todo está listo.
— ¿Ya llegó el...?
— Si lo hizo, Hettie no me avisó.
— Entonces voy a ayudar a los muchachos.
— Creo que no será necesario.

John, Charlie y Tom entraban ya en el salón, acarreando tres cuerpos con ayuda de la doncella. Una comitiva estremecedora donde William, Frank y George eran los protagonistas. Vestidos y peinados como si hubieran reservado palco en la ópera, pero con los ojos vidriados y los miembros rígidos por los días pasados desde su deceso. Sin decir una palabra, Henry y Alfred corrieron a sentar a sus finados en los puestos indicados por los fotógrafos, que procedieron a sujetarlos mediante un intrincado sistema de poleas ocultas. En silencio, la criada y los tres hombres regresaron a por los dos restantes. Cuando volvió con Peter entre sus brazos, Tom apenas podía contener las lágrimas.

La escena no tardó en estar lista y los vivos se mezclaron con los muertos. Sujetándolo amorosamente contra su barbilla, Alfred consiguió mantener erguida la cabeza de Frank para que, en segunda fila, diera la impresión de estar asomado por entre los hombros de Tom y George. A su vez, Tom sostuvo a Peter sobre el hombro, mientras Henry se recostaba en William y Charles en Edward, formando una composición simétrica. John, siempre tan contenido en sus emociones, se limitó a apoyar su mano en la espalda de George desde la segunda fila, ayudando de paso a sostener a Will con el codo. Dedos entrelazados sobre las rodillas, gestos serios con un punto de melancolía nada más, para no desentonar con los rasgos fríos de la muerte.

Los fogonazos de nitrato de plata se sucedieron hasta que Hettie apareció en la puerta del salón con un hombre mediana estatura, pelo oscuro, cejas hirsutas, ojos penetrantes y barba de chivo.

— Bien, creo que debemos dar por terminada la sesión—anunció Alfred Simenon, abandonando su puesto—. Muchas gracias por todo, señores. Si tienen la amabilidad de acompañar a mi doncella, ella les abonará sus servicios.

Taylor Sr. siguió a la eficiente Hettie mientras su hijo quedaba a cargo de la recogida de los materiales, y los miembros en activo del club ponían en marcha su segunda tarea de la noche. Sin retirar a los difuntos de sus respectivas sillas, acarrearon el velador redondo hasta el centro de la sala y dispusieron los asientos a su alrededor, de manera que los finados alternaban su sitio con los vivos. En silencio, el recién llegado supervisaba los preparativos con mirada inquisitorial.

Cuando los fotógrafos abandonaron el salón, Charles y Tom bajaron la intensidad de las bujías hasta dejar la habitación en penumbra, mientras Alfred y John traían el tablero de madera, hermosamente tallado con números y letras. Todos tomaron asiento.

— ¿Qué parentesco guardan con los difuntos? —preguntó a Henry el hombre de la barba de chivo.
— ¿Para qué necesita saberlo?
— Los vínculos fuertes facilitan el contacto con el más allá. 
— Entonces no tendrá problemas para establecerlo.

El medium asintió. Era un hombre inteligente y aquellos caballeros habían pagado adelantado, así que no necesitaba seguir indagando.

— Cójanse de las manos y cierren los ojos —ordenó—. Vamos a empezar.

Henry Keller contuvo la respiración. Si tan sólo pudiera escuchar una vez más la voz de William, aunque fuera a través de la garganta de aquel individuo... La última reunión del club de caballeros nocturnos, al amparo de los muros de Simenon's Manor, protegidos del desprecio y del rechazo, a solas con sus iguales en la camaradería insinuada por los sonetos de viejo Whitman. Apretó con fuerza la mano rígida de Will, aún a sabiendas de que su gesto de complicidad nunca más encontraría respuesta.

El medium respiró hondo, echó la cabeza hacia atrás y comenzó a invocar a los finados por su nombre, uno a uno. Presas en sus fanales, las bujías a medio gas parpadearon, proyectando extrañas sombras alargadas sobre los adoquines húmedos de la calle.



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