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Oficina de cambio

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:49 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 15:11 ]
La cifra se expande y sube como globo de aire caliente hasta escapar de la vista. Por encima de los Andes, ya no hay techo que la detenga. Dos mil quinientos. Dos mil quinientos cincuenta. Dos mil seiscientos diez.

Los pies clavados en el suelo, entre un cogote moreno y chaparro que suda tinta china, y el par de ojos castaños y desbordados (como los tuyos) que guardan su turno tras de ti, grapados (como los tuyos) a ese horror vacui de la cifra que se dispara. Dos mil seiscientos diez sucres equivalen a un dólar. 

Tres pasos, respiración contenida, dígitos rojos sobre fondo negro que giran como derviches y repican a difunto, volando en círculos redondos igual que las águilas humanas del Totonacapán. 


Tres pasos, dos mil seiscientos cuarenta y cinco sucres... Un dólar. Inflación del 107%. Descenso del PIB en un 7’3%. Tres pasos, dos mil seiscientos cincuenta y tres sucres... Y el mismo dólar. ¿Quién pagó al signo igual por decir que un número vale lo mismo que cuatro? Porque si fue el emblema del Tío Sam que ese uno lleva como escudero, tras los dos mil seiscientos muchos miles en un momentito le puedo yo poner las caras, las miserias y las hambres de todos los hijos de mi ciudad. ¿Y cuál es la solución?

La solución... Esperar amarrado a la cola en la Oficina de Cambio. De cambio, de cambio, me cambio. Me cambio de oficina, me cambio de barrio, me cambio de patria, me cambio de vida. Me cambio de piel. Dispense, ¿me dice la cola para cambiarse de mundo? No importa si se mueve más lento que ésta, o si no avanza ni tantito. No importa, porque para morir de asco y tristeza, me sobra el tiempo.


[Relato finalista en el Certamen Internacional Art Nalón Letras 2004]
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