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Vestida de corsario

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2015 16:54 por Nuria C. Botey   [ actualizado el 4 oct. 2015 14:30 ]
Cruzados sobre la tapa del buzón como las dos tibias de la bandera pirata, los zapatos de tacón desafían la mirada del transeúnte nocturno. "Uso exclusivo de Correos", reza la plaza desconchada, sobre la que se adivina la sombra de una pintada que no pudo borrarse por completo.

Miro esos zapatos abandonados e imagino a una mujer morena que ya no cumple los cuarenta, generosa de pecho y caderas, enfundada en un florido vestido de verano, quizá demasiado ajustado para su talla. Una mujer de aire resuelto, cansada de aguantar calambres en los pies y puñaladas en el alma para quien, una vez más, la noche se ha torcido. Como tantos otros, él también mentía en su perfil de Meetic y ella se acabó cansando de bailar salsa por compromiso y de aparentar ser más alta, más flaca, más risueña y más canalla de lo que realmente era.

Por eso rehusó su oferta de llevarla en coche a casa, a pesar de los pinchazos que subían desde la planta de los pies hasta los gemelos. Él insistió un par de veces, pero terminó por aceptar la negativa. Se despidieron con un beso de cortesía en la punta de los labios. Ella ni siquiera esperó a oír el ruido del motor para dar media vuelta y echar a andar. 

Una tajada de luna blanca destacaba en el cielo oscuro. Bajo la luz aséptica de la farola, la advertencia "Uso exclusivo de Correos" cobraba cierta prestancia. Asentó la correa del bolso en el hombro, apoyó la mano derecha en el buzón y se quitó los zapatos con la izquierda, exhalando un profundo suspiro de alivio por cada uno. Le pareció un bonito gesto dejarlos allí mismo, cruzados sobre la tapa como si volvieran a exhibirse en el escaparate de la tienda donde le aseguraron que eran comodísimos.

El pavimento de la calle era áspero y fresco. Por un instante sintió cierta aprensión ante la idea de caminar descalza por el suelo sucio de la ciudad, donde tal vez no hacía una hora que resbalaban los orines de algún perro, pero las señales de alivio que los dedos de los pies enviaban a su cerebro le hizo desechar cualquier sombra de duda. 

Estiró la espalda, enderezó los hombros, levantó la barbilla y echó a andar, con los pechos enhiestos como la Jolly Roger del capitán Edward England. 

Las flores de su vestido parecían esponjarse bajo la luz de la luna.


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